miércoles, 21 de agosto de 2019

REPORTAJE A JOHN Mc INERNY, PROTAGONISTA DE ¨EL ÚLTIMO ELVIS¨






   Hay algo muy pero muy inquietante en John Mc Inerny: su presencia en el planeta Tierra, en este caso un barrio amable de la periferia platense, en la provincia de Buenos Aires, y su personalidad, que desconcierta desde el vamos a quien tienda al facilismo de querer encasillarlo. Tarea imposible, cumplo en anunciar para ahorrar tiempo de entrada. John parece medio terráqueo, medio marciano, un extraterrestre misterioso, sereno y encantador pero…cuando ya pensás que le estás por sacar la ficha…alpiste, hay que empezar de nuevo. Una joya para los aficionados o estudiosos de la alteridad este hombre que en ¨El último Elvis¨ deja de ser Mc Inerny para emular, y así fanatizarse con Presley, siendo, también, mientras quiere dejar de serlo,  un tal Carlos Gutierrez y, en ese devenir, armar un mix complejo entre ellos dos para luego renacer de sus cenizas desde el mismísimo Graceland, si, la casita del Rey del Rock en Memphis, también clonada. Mientras tanto el tipo te enciende una hoguera en el costado más trémulo y sensible y te hace lagrimear con el mejor final que he visto entre todos los finales que ofrece el cine nacional.

¿Pero cómo funciona esto? Cuando era un niño hizo un viaje a Memphis (la cuna de Elvis) junto a su familia. El sueño del pibe. Días más tarde, en Fort Lauderdale, luego de un recital, le dio la mano a su tocayo Johnny Cash, quien, además, le regaló un autógrafo. Todavía debe sentir ese apretón ya que es una anécdota a la que recurre con entusiasmo de fan. John, Verde Honorario, puede ser el compendio y luego el epítome, o viceversa, o ambos entremezclados, claro, de quien se sitúe en ese deseo entusiasta (y tan humano) que anhela el firmamento desde -ya instalado en la ficción- el mero anonimato de un ser común, corriente, conectado a la sed (¿inalcanzable?) de la trascendencia. Muy estimulado por su coach Maricel Alvarez (fichada por Woody Allen y co protagonista, junto a Javier Bardem, de Biutiful, la pelicula del Oscarizado y globalizado Gonzalez Iñarrirtu que, de un modo u otro, sobrevuela en este film) se preparó durante meses junto a ella para aterrizar transformado en el set. Todos los datos son detalles que colaboran a establecer un concepto para delinear, y luego intentar comprender, la metamorfosis de un no actor en un Gran Actor. Mc Inerny se encargó de llevar hasta sus últimas consecuencias (al menos en el film) su debut con el protagónico arrollador en esa película de factura impecable, siempre emotiva, que es ¨El último Elvis¨, ópera prima del nieto de Armando Bo. ¿Todavía no la vieron? Recomendarla es poco. Inaugural en el Bafici, premiada en Europa, alabada en el Festival de Sundance, estrenada en Japòn y etcéteras. Allí, Mc Inerny pasó de ser el arquitecto con un buen trabajo en un estudio prestigioso (su trabajo real) y el frontman de la banda tributo ¨Elvis Vive¨, a ser seleccionado por la BBC como uno de los mejores clones de Presley, para luego ser el operario ficticio de una fábrica del conurbano bonaerense, que tiene que lidiar con el maravilloso timbre de voz obsesionado (junto al resto de su cuerpo, mente, corazón y alma) con el rey del Rock. Tengo algunas dudas. Y me pregunto, también, mientras escribo estas líneas, si luego de todo el jaleo del estreno, la difusión, los festivales internacionales y las repercusiones habrá alguien ahora que lo imite a John Mc Inerny, poseedor, a esta altura, de un rico y contundente universo personal. Mejor se lo pregunto a él

-Hay un antes y un después en tu vida luego de ¨El último Elvis¨. Imagino a un imitador emulándote a vos mientras cantas las canciones de Presley. ¿Sucedió algo así o lo imaginaste alguna vez?

John: Si, la trascendencia a nivel mediático que genera la película lleva a que mi grupo "Elvis Vive" llene los lugares donde se presenta, entre otras cosas. Nunca imaginé a alguien imitándome a mí, no creo que lo que haga sea tan importante como para que eso se de en la vida real.

-Sos reconocido en el ambiente musical de La Plata (cuna de grandes músicos del rock nacional) por las actuaciones junto a tu banda tributo. Al fin y al cabo ya tenés tu lugar estelar, partiendo, en principio, de ese microcosmos ¿Cómo te llevás en el escenario con John vestido de Elvis cuando alcanza esos picos máximos en los que, para mi gusto, por momentos, canta incluso mejor que Presley?

John: La película y los años que llevo haciendo música en los escenarios de La Plata me hacen ser un poco reconocido. En el escenario me siento muy cómodo porque hago lo que me gusta, y eso no tiene precio. Muchas gracias por lo que decís pero nunca voy a cantar mejor que Elvis Presley. Èl es, fue y será el Rey.

-Y al bajar de ese escenario platense… ¿Qué te sucede? ¿Recordás cada tanto  a Carlos Gutierrez, tu personaje magistral en ¨El último Elvis¨?

John: Lo primero que me sucede es sentir cansancio, nunca me guardo nada, doy hasta lo último que tengo en cada show. No recuerdo a Carlos Gutierrez, aunque si  tal vez me acuerde de alguna situación graciosa del rodaje, las escenas más divertidas eran donde había música, ahí siempre se armaban mini shows. Escenas difíciles no hubo ya que fue todo muy ensayado con Maricel Alvarez.

Ya pasaron algunos años desde el estreno de ¨EuE¨ y todo lo que sucedió después. ¿Estás preparado para una nueva convocatoria? ¿Hay alguna propuesta firme para filmar una nueva película?

John: Siempre estoy preparado, de hecho no actué, pero en la película de Francella y Julieta Diaz, "Corazón de León", y en la última de Armando Bo (nieto) , "Animal", intervengo en la banda de sonido. Por suerte siempre estoy con propuestas que llevan su tiempo lógico de maduración.

¿Están trabajando en algún disco nuevo con ¨Elvis Vive¨?

John: Estamos terminando de ecualizar y masterizar un disco grabado en vivo, en Ciudad Vieja, un bar de La Plata donde siempre nos presentamos.  Antes de fin de año creemos que estará listo.

Acaba de pasar el día del niño. ¿Qué le dirías a John Mc Inerny cuando daba sus primeros pasos, imitándolo a Elvis, allá, en su infancia? 

John: Le diría que siga haciendo lo que le gusta, seguramente será un camino largo y con obstáculos, pero eso se suplanta con la satisfacción de hacer lo que uno quiere. Las oportunidades van a llegar, solamente hay que estar alertas y listos para cuando sucedan.

 
                                                                                                             Nicolás García Sáez

Imagen: cortesía John Mc Inerny

jueves, 18 de julio de 2019

Sinopsis de la sinopsis de la velocidad (o seis minutos exactos de caminata resumidos en diecisiete segundos)




¿Hacia dónde me dirijo? ¿Qué moviliza el deseo de permanecer en esa velocidad inmutable que no puede ser contenida? ¿Por qué esa ráfaga urbana y constante me  repele y fascina al mismo tiempo? ¿Por qué detengo mis pasos en ese local que me quiere vender/enchufar una dosis casi mortal de grasa hidrogenada, cuando estoy absolutamente convencido de que el sabor y contenido de una ensalada de frutas es Infinitamente Superior? Pienso en la gran cantidad de libros escritos sobre el tema. Bueno, tal vez no sean tantos. Recurrente es invocarlo a Aldous Huxley, pero supongo que no está de más mencionar aquello que dijo en la década del 50:

                     "La velocidad proporciona el único placer verdaderamente moderno"

Camino despacio. Filmo un poquito. Tranqui entre teatros, pizzerías, gente dispersa. Cada vez se habla menos de las cigüeñas (que no son parisinas, son escandinavas)  y cada vez suenan más las campanitas de los celulares, puerto inmediato, veloz, que conquistan las columbas mensajeras que vuelan entre los cielos de la virtualidad. Pispeo de refilón los neones del ya legendario Cine Lorca, que desde siempre ofrece buenas películas. La velocidad de la luz detenida en un cartel verde y luminoso. El precio de la entrada es accesible, si se lo compara con una oferta de las ya monotemáticas esquinas de Kentucky (aunque ambos reductos, según el caso, suelen ser complementarios) y es un oasis, también, en medio de los precios carísimos, violentos y de rapidez unidireccional (siempre para arriba) que aparentan aflojar entre una ¨estabilidad¨ que especula en este marco preelectoral,  pero el Monumento Enhiesto de Buenos Aires ha incorporado hace pocos años un juego de luces multicolores  que se enredan con la noche y me abducen como si fuese la última coca cola (light) en el desierto de la inabarcable metrópoli.

Llego al quid, al punto neurálgico y simbólico de la gran ciudad y no es un espejismo, todo lo contrario, abruma esa mixtura de hiperrealidad con fantasìa lisérgica y marketinera, allí, hasta donde no hace mucho se ostentaba el cartel publicitario más grande que hay en América (600 metros cuadrados, cuatro millones de leds). Me resulta muy curioso que aùn no se haya escrito un libro en tándem con las plumas de algún fisic@ y algún filòsof@ que hablen sobre el vacío y la luz. Durante unos instantes pienso que todo es el inmenso decorado de una película asiática de presupuesto ultrabillonario. Dejo de filmar un poquito. Me gusta estar ahí, lo disfruto…durante cinco minutos, incluso el aire frío contaminado por el smog y otras sutilezas del monóxido de carbono, pero luego del bombardeo publicitario que zamarrea amable o torpemente los meandros de mi psique hasta rincones insondables, decido volver mis pasos hacia aquel neón más manso, estable y lento del Lorca. A medida que me acerco a la entrada del cine me pregunto qué otras frutas invernales podré comprar, además de las omnipresentes naranjas, bananas y manzanas, para el postre que acaba de ganar la pulseada esta noche.
                                                                                                   
                                                                                                             
                                                                                          video + texto: nicolás garcía sáez 

jueves, 11 de julio de 2019

Miguel Ángel Solá y ¨ 24 horas con mi Álter Ego y mi Súper Yo¨, la obra de teatro de Nicolás García Sáez



En el cafetín porteño de una franquicia marplatense, ubicado en la esquina de Pueyrredón y French, algunos días después tuvimos un segundo encuentro (o tercero, según como se viva) en el que Miguel Ángel Solá se mostró interesado por ``24 horas con mi Àlter Ego y mi Sùper Yo``, la obra de teatro de Nicolás García Sáez. Allí, temprano, por la mañana, hablaron junto a nuestro Verde dramaturgo de política y economìa argentina en pasado, presente y futuro, de cine, de pintura y del inminente regreso del multipremiado intèrprete a Madrid. Tambièn leyeron poemas, abordaron cuestiones de índole literaria (haciendo hincapié en la poesía), apareció nuestro guiòn, que va creciendo en sus detalles y, ya con la obra de teatro en la mano, se acercaron inevitable y gratamente hacia el psicoanàlisis (que abunda, y se parodia, a lo largo y ancho del texto publicado por la editorial Sàtira y Musa). Luego,  mientras era filmado con el iPhone de ngs, Solá además actuó y leyó - con precisiòn magistral, espartana y surrealista - una escena (que tenía que interpretar esa misma tarde para su nueva película) en la que un tal Otto respira debajo de un estanque lleno de peces. Ahí mismo (en ese cafetín en el que el personal te pone cara de níspero si se te ocurre tener el tupé de alentar a la osadía pidiendo un vaso mini de agua tibia y turbia del grifo o un bizcochito extra para el café) sin rubor ni titubeo, El Gran Actor se puso a cantar una baguala con una voz que se propagò como un mantra urbano entre los Valles Calchaquìes e hizo enmudecer durante cuatro segundos a la gente que conversaba en aquel recinto singular. Otto cantò e improvisò: 

                                                             No sabe cantar el rìo
                                                         Las piedras lo hacen cantar
                                                            Por eso elijo ser piedra
                                                           Y en el musguito esperar

                                                             Cuando se apaga la tarde 
                                                          siempre hay algo que enterrar
                                                                mejor que sea semilla
                                                                  para mirarla brotar

Miguel Ángel Solá y un saludo para Los Verdes



Mientras suena un delicioso jazz mañanero y la clientela revuelve y sorbe las distintas variedades que hay en la tienda de café, o sea, los cafés (no es del todo aconsejable escribir ``cafeces`` y/o ``cafeses``) uno de los mejores actores de habla hispana (con cabello largo y barba cana, exigencias del guión de la nueva peli que está filmando) nos saluda con una humildad conmovedora. Gracias

domingo, 30 de junio de 2019

DOBLE O NADA: EL VALOR DE UNA APUESTA // Crónica de los encuentros con Miguel Ángel Solá



Clásica & Moderno
El ascensor antiguo abre sus puertas antiguas para que yo pueda ingresar a una escenografía antigua en donde se escucha música antigua. El aroma del café recién hecho es muy tentador. Me gusta estar ahí, esperando unos minutos para ingresar a una de las salas del teatro Regina, uno de esos ámbitos que mantienen al pasado en su sitio, o, mejor dicho, en armonía con el presente. La gente charla, wasapea, toma fotos. Una vez dentro de la sala me siento en una butaca antigua mientras se escucha (el sonidista es bueno) la voz de un hombre que imita a la de un locutor, o viceversa. Primero nos pide -en modo automático y amable- que apaguemos los celulares. La segunda vez se nota en la solicitud el ápice de un epigrama y un buen dominio de “lo tecnológico”.  La tercera vez la ironía de la voz es evidente. La cuarta solicitud de desconexión total de los aparatitos pertinentes, que nunca llega a ser conminatoria, ya adopta, sin ningún velo sutil, el tono de comedia. El público festeja. Sala llena. Vamos bien.
En escena
Luego de esta suerte de “sainete” inicial y elegante, el tono azulado que desprende la escenografía de esta obra, “Doble o nada”, concluye ese efecto de temporalidad ambigua para situarnos, o al menos situarme, en la ficción que incita a adentrarse en otro mundo: el actual. En medio del silencio, y aún con el escenario vacío, me siento halagado con la invitación hecha por el  protagonista, uno de los mejores actores argentinos de todos los tiempos que a principios de septiembre vuelve (¿definitivamente?) a Madrid, en gran parte para aprovechar el tiempo junto a sus hijas (dos de las tres que tiene viven allí) y en parte por el trabajo (poco) que le han ofrecido durante los cinco largos años que lleva desde que volvió al país. Miguel Angel Solá, Verde Honorario, aparece en escena junto a su  compañera, la actriz y psicóloga española Paula Cancio. Mi atención es absoluta. Los escucho, los observo, pero sobre todo lo escucho y lo observo. Luego de diez o quince minutos mi hipotálamo dispara su primer interrogante: ¿pero cómo puede ser posible? A la media hora mi hipotálamo sigue en la misma sintonía con la pregunta anterior. Al finalizar la obra, mientras aplaudo de pie, continúo absolutamente perplejo: no termino de entender como dejamos por enésima vez que se nos vaya a vivir al extranjero semejante actorazo. La Argentinidad al palo.

Doble o Nada 
En el último piso de una torre corporativa el director de un diario influyente debe dejar su puesto (a raíz de una enfermedad que tiene entre el cerebro y el corazón, y que cada vez duele más) en manos de su subdirectora (el personaje de Cancio) o su subdirector, un tal Renato Beteta, que nunca aparece en escena,  pero que los dos primeros se encargan de corporizar (también a la secretaria Marlene y al consejo directivo del diario) todo el tiempo por medio de las menciones hacia él. ¿Quién ganará?, ¿predominará allí la capacidad?, ¿la experiencia? Tal vez la pugna sea dominada por la trampa, la mentira, la perspicacia o el sexo. Atenti al público que se escandaliza y/o se ruboriza con palabras como “culo”. Los vituperios...no es que abunden, están muy bien utilizados y distribuídos como chispas eficaces a lo largo de un texto actuado que fluye encendido, orgánico y por momentos (me dirá luego Solá) improvisado. Improvisaciones que fomenta el propio Quique Quintanilla (director de la obra) y que navegan junto a la sorprendente interpretación del dúo, un relojito suizo que se admira, se atrae, se aleja, se planta y se tantea, que bromea con la diferencia de edad, que levanta la voz y la baja hasta el susurro. Un tándem que trae lo mejor de ambos lados del charco y que parece a punto de explotar a cada instante. El lenguaje, la dicción, también son protagonistas. El champagne que beben en escena es de verdad. El director del diario se tambalea cínico y beodo y muy creiblemente, pero el actor apenas moja sus labios con la bebida burbujeante (y eso también me lo confesará más tarde el protagonista mientras yo, ahí mismo, sentado en la butaca antigua, me vuelvo a preguntar: ¿cómo puede ser?)
¿Habrá alguien que todavía piense en las buenas intenciones de esas multinacionales parasitarias, traficantes del dolor ajeno, a las que también se las conoce como grandes medios de “comunicación”? ¿Habrá alguien que aún crea en la veracidad de lo que “informan” o “muestran”?  ¿Existirán aún esas manadas enceguecidas siguiendo a un supuesto Faro, Honesto, Iluminado, Generoso y Altruista, transmitiendo su sanata por medio de un montón de hojas efímeras, mal impresas y de pésima calidad que asoman ansiosas antes del alba? De esto sí se habla, se subraya, o se merodea, de repente se va al hueso hasta que explota y se atomiza entre el público, atento, receptivo. Un@ puede dominar magistralmente el arte de la hipocresía, fumarse lo infumable, aguantar toda una vida con sonrisas y palabras más falsas que una moneda de tres pesos. También puede hacer acopio de mucho capital jugando al jueguito del poder (en algunos lados lo leí con pé mayúscula). Pero el veneno de esa traición a l@s demás por un minuto de fama y, lo más triste, a un@ mismo, más temprano que tarde termina pasando una factura demasiado grande e inevitable.
La obra y las interpretaciones,  que vienen ganando premios por doquier, son extraordinarias, se las mire por donde se las mire, se las lea por donde se las lea, y se las escuche por donde se las escuche. Queda muy poco tiempo para ir a presenciarla y es muy probable que sea la última oportunidad para ver, escuchar y sentir actuar a Miguel Ángel Solá sobre algún escenario argentino.

Por todos lados
Más tarde googleo algunas dudas que tengo (fechas, premios) acerca de su curriculum descomunal. Puedo estar siete u ocho reencarnaciones buscando, leyendo, interpretando información sobre él. Impresiona todo lo que ha laburado, dónde y con quienes, los premios que ha ganado, en suelo patrio, en España, por todos lados. No voy a narrar y enumerar su trayectoria aquí, está en la web, y es alucinante. Una de las cosas que comienzan a gustarme, y mucho, de Miguel Ángel Solá es que el tipo no transa. Con él es corta la bocha. Para él las cosas, las cuestiones, los conceptos, los vínculos son o no son Nobles, tienen o no tienen Códigos. Si, cómo en los viejos tiempos, y ahí está el hombre para recordárselo a quien quiera escucharlo. Aunque pierda...siempre va a salir ganando.

Café
Envía abrazos, emoticones por wasap, agradece, me dice que está actuando en una nueva película; su prosa correcta, humilde y amable parece la del  que recién comienza en todo y no la de alguien que ya fue y volvió varias veces y que está por pegar, otra vez, la vuelta. Al otro día nos encontramos a las nueve y media de la mañana en la cafetería que hay en la esquina de Larrea y Juncal. Al principio se planta chúcaro y cada cosa que yo digo pasa por cierto filtro antes de obtener su respuesta. Toda la clientela observa mientras se hace la que no observa. Me parece un momento muy interesante. Luego, de a poco, me irá contando - con su leve acento madrileño- sus desacuerdos con un sector de la industria cultural, con este gobierno, de como el miedo se instala en el cuerpo y de la disciplina espartana y necesaria que hay que llevar a cabo para rechazarlo, me cuenta la infinidad de amenazas que ha recibido por emitir sus opiniones. Lo escucho hablar y es evidente que ama a la Argentina, y que le duele irse otra vez. Entre idas y vueltas contabiliza diecinueve mudanzas. Me conmueve cuando lo escucho decir que acá tuvo la oportunidad de creer y crecer, de formar una familia, un grupo de amigos. Cuando me dice que viaja en subte y en colectivo, que cria a su hija, que cocina, barre, limpia y luego sigue trabajando como actor. “Todo lo he dejado en este país. He construído en momentos jodidísimos. No me hice millonario, nunca hice una publicidad en televisión, nunca fui a los boliches a filmar cualquier cosa, ni a alimentar la droga y el alcohol. Nunca tuve sponsor. A los 26 años ya me habían declarado el mejor actor argentino. A los 46 años recién pude comprar mi primera casa, enseguida vinieron las amenazas, que la incluían a mi hija, y entonces me tuve que ir”, me dice con una voz profunda e infinita. Tengo ganas de abrazarlo. Mientras revuelve el café me cuenta la sorpresa que se llevó cuando fue con “Doble o nada” a Montevideo y a Santiago de Chile,  allá también lo conocen, allá también lo apaludieron de pie. Me habla de una de sus últimas pelis “El último traje”, que ganó casi todos los premios (22) en los 23 festivales donde se presentó:  Israel, China, España, Alemania, Polonia, Francia, Estados Unidos...mejor actor, mejor película, premio del público...pero, oh, acá no le dieron ni cinco de bola. Y yo sigo preguntándome como puede ser. Y Miguel Ángel Solá tampoco encuentra una explicación, más allá de lo que decidan algunas plataformas publicitarias. La Argentinidad al palo otra vez. “Yo tengo que hacer todos los días una reconstrucción mía, soy como un pan recién horneado, hago este trabajo consciente de que eso es lo que la gente se merece, me importa mucho la calidad del ser humano”. Le creo. Dentro de su idéntica fisonomía (excepto la ropa: del traje de director cínico de un pasquín masivo en “Doble o nada” al atuendo relajado que observo ahora, y que incluye bufanda) y luego de estas horas inolvidables compartidas entre varios cafés y medialunas, me parecerá completamente distinto al que acabo de ver y escuchar el domingo en el teatro, algo, por cierto, que reafirma su talento como actor y, claro, como individuo. No tiene tele en su casa, cuando quiere verla se va a algún bar, pero tampoco es que le guste demasiado lo que ve. Volvemos a estar de acuerdo. Puedo escribir un libro con las cuatro horas que acabo de pasar con Solá, algún dia tal vez lo haga. No tiene pelos en la lengua. Dice lo que piensa con una convicción admirable, se expone, ya está de vuelta. Me ha hablado con infinito amor de sus hijas, de su compañera, de su familia, de sus amigos, de la Argentina. Ha perdido su mirada para encontrar la palabra adecuada, comunicármela. Me ha mostrado fotos que atesora en su celular. Nos hemos reído mucho. Ha entonado el Nam-myoho-renge-kyo  para que yo lo comparta con mi familia y mis amigos budistas. He escrito lo que dijo, lo he filmado y fotografiado. Por una cuestión de espacio espero que alcance con compartir algunas perlas que acuden a mi memoria, y que comienzo a plantar y a regar entre mis recuerdos recientes mientras las transcribo aquí: “A la buena fé le falta organización”. “Con solo huir de la mediocridad ya estás a salvo”. “Diez algos que la gente se comprometa a cumplir salvarían a la sociedad entera, salvarían al mundo”.

Brócoli
Salimos del café, caminamos. Me vuelve a hablar de la primera casa que se compró, en Parque Centenario. Me habla del amor. Entramos a una verdulería. Se pasea por allí tal como un niño lo haría en Disneylandia. Compra brócoli, coliflor, manzanas y tomates. Mientras paga le comento una de mis recetas para el brócoli (con huevo duro, papa, batata, aceite de oliva y sal marina) me dice que la va a probar. Caminamos algunas cuadras, me siento muy observado por l@s transeúntes, pero toda esa inmensa atención está puesta en él. Se nota que está acostumbrado.Ya estamos por llegar a la entrada del edificio en el que está viviendo, lo espera su hija de cinco años. Me da pena despedirme, me da pena que se vaya a vivir a Europa, pero es su elección y es la mejor que encontró. Antes de irse no me dice amigo, me dice hermano. Nos abrazamos. Camino una cuadra, dos, el sol que ya ha despedido hace rato al mediodía pega fuerte, pero también es suave y luminoso. Sonrío, y ya lo estoy extrañando. Me honra mucho tener un hermano así.

                                                                                                                Nicolás García Sáez
El dSe irector de un importante Semedio de comunicación debe dejar su puesto en manos de uno de sus dos sub-directores. Uno es mujer; varón el otro. ¿