jueves, 13 de agosto de 2020

Río adentro

 

En esta realidad de epidemia, los pensamientos hacen un picnic, no se siente la vorágine de las habituales usanzas, porque han aparecido otras. Los suspiros se esconden, permaneciendo ocultos, como si fueran promiscuos. En las noches, las redes pululan con los bellos fantasmas del deseo, sorteando el achatamiento de las palabras, en el tozudo empeño  de que no se ahuequen sus múltiples sentidos. Porque hay que disociarse de los diálogos que eligen la mezquina comodidad de no pensar demasiado la vida y sus coyunturas.

El río, casi nuestro mayor terruño, está más lejos, solo suena cuando pronuncio su nombre. La música y su puñado de acordes suele ser imprescindible para mantener el equilibrio y percibir la intensidad, más o menos como ese bouquet sensual que  dejan las cepas del vino añejo. Hay días donde el horizonte inmediato se pone sensible y crudo, otros en los que pareciera jugar con los ángeles, mediante esa energía luminosa del quehacer creativo que se empecina en convertir la rutina en  un acto glorioso e invita a husmear en pliegos literarios, impresos en un pergamino ajado, pero flexible.

También en este derrotero han aparecido de improviso invitaciones a  viajes hacia lo más profundo, lo íntimo, donde quizás por fin encuentre la recompensa, aunque el amor viene sin seguro para desafiar las frondosas tormentas o el deleite de los más bellos compases. Así va apareciendo Eros traspasando fronteras, en la gran subasta de juegos que nadan en  barricas cargadas de alcohol, pintando nuevos frescos, casi como lo haría el pintor con las borras de Malbec, sin atar aún el festín hedonista a lo definitivo. Por eso este tiempo ha tenido sus momentos de reflexionar, de dudar, reinterpretando también los vínculos amorosos y sus mixturas.

Lo más triste han sido las despedidas momentáneas sin los viejos rituales, donde la congoja no se puede compartir, porque hasta las lágrimas son una presencia sospechosa en esta cuarentena eterna y ya a esta altura tan dudosa, esta imposición en la que no se hace mella sobre las antiguas costumbres de acompañarnos en el dolor, aunque continúe quedando, en algunos de nosotros, la figura de algunas despedidas como un gran jeroglífico.

 El tendido plano de los días con rutinas que se enlentecen aguardando hitos de Libertad, se yerguen en el contexto  del hambre, de  la  sufrida inequidad que viven quienes no están agradecidos por haber sido desterrados al aislamiento. Eso que irrumpe cuando uno observa a más y más niños revolviendo la basura, o a millones de personas que han quedado sin trabajo, a los que se les van suspendiendo necesidades tan básicas como la comida o el abrigo.

Es cruel que estas políticas ¨preventivas¨ nos alejen de aquellas vidas que transitan sus experiencias diarias por miles de escollos, buscando formas de subsistencia, cubiertas de la vulnerabilidad asfixiante que se vive cuando el horizonte no se muestra con posibles soluciones. Porque el encierro te circunscribe a lo cercano, te hace protagonista del paisaje inmediato, pero somos más allá de eso, precisamente en el contacto con otros, frente a la presencia de sus rostros y vivencias y pesares.

En este tiempo covídico es necesario parir otras prácticas que reconozcan la trampa capitalista que encierra los desvíos, aquellos que emergen cuando los aires se vuelven insoportables y se necesita transformar el entorno. Esto es imposible sin la  generación de lazos comunitarios, fijados en otros estándares económicos. Es necesario dejar de vivir políticas arcaicas con cierto automatismo, como si fuese algo natural, es preciso  desautorizarlas. Sólo así  se puede crear un potencial de cambio que obligue a generar la redistribución del poder, con una economía que no oscurezca el futuro, sino que se embarre para idear estrategias de mercado por fuera de lo habitual e injusto.

 Hay que hacer un mundo que tenga larga vida como el pewén, donde los incendios en el Delta y las factorías asesinas importen y la existencia de humedales no sea un acontecimiento extraordinario. Un mundo en el que nuestros ríos alberguen criaturas llenas de vida y no muertas por desechos. Que sirva esta situación para resistir  por fuera de la comodidad. Fundamentalmente para que cubrir la boca no sea encarcelar el interjuego de las palabras que aportan a la heterogeneidad de nuestra temporalidad, el disruptivo intento de poblar la tierra de nuevas raíces.

                                                                                                               Olga Barzola

Especial para Los Verdes Paralelos y Los Verdes Platónicos

Pintura: Nicolás García Sáez