Te puede resultar
atractivo, o no tanto, ir a recorrer en plena temporada confusa y estival las
entrañas gigantescas y lúgubres de un caserón abandonado. Te puede atraer, o
no, dedicar buena parte de una tarde calurosa a seguir explorando y descubriendo
el vigoroso e infinito Valle de Punilla cordobés. Bajo la mirada de un cielo
añil, magnífico, apenas salpicado por nubes níveas, siempre efímeras, a
nosotros nos pareció un buen plan, casi espontáneo, este de palpar la incertidumbre
del pasado, el de percibir fantasmas concretos, el de sentir la presencia fusca
de aquellos seres un poco más difusos, esos que se pierden entre la leyenda y
la melancolía extraña de un pretérito apenas remoto, momentos teñidos de sepia,
desdibujados, que se evaporaron o dejaron paso a su traducción descascarada en
las paredes con graffitis, en los pisos de madera polvorientos, en algún mueble olvidado que
zafó del hurto y de los vándalos, en los mármoles de las escaleras que no crujen
cuando nos avecinamos a descubrir los primeros velos de este magnífico palacio
alzado sobre los cimientos de una arquitectura sólida, impecable.
Las coordenadas básicas
ya fueron dadas. El que busca, encuentra. Agregar, además, que allí miles de
enfermos sanaron sus pulmones, luego sus mentes, no al modo que propone la new
age actual por medio del pensamiento cómodo y ¨mágico¨, sino con disciplinas de aire puro, descanso prolongado, clima idóneo y sol diáfano, el Astro Rey que
aún no comulgaba con los destrozos del calentamiento humano y global. En el
medio, la burocracia. Las densas gestiones de los mismos de siempre. Y luego,
allí, la película homónima, inmortalizada, adaptada del libro febril que nos regaló el
barroco egregio de Villegas. Al ver escenas de la obra de Torre Nilsson (año
1974, luego de 25 maravillosas películas ya filmadas por su director
inquietísimo, y bien transitado el apogeo del Technicolor, curtido en medio de
la austeridad de la Nouvelle Vague, que propone y a la que acude su creador, lector
incansable de buena Literatura, que luego remite, por época y convicción, a ese
sonido característico de pariente un poco lejano, con ecos sombríos, distantes) hay
algo que acaricia los pasos recientes, una estela de aquella película de
pleitesía costumbrista que recorre los rincones oscuros apenas explorados,
aquellas habitaciones cuyas puertas fueron abiertas hasta que un chirrido indica
que hasta allí es posible acceder. Luego, la imaginación…
La atmósfera nos
envuelve con su encierro despejado, si, un oxímoron, pero es lo que allí se
condensa, se detiene, retiene, máxime teniendo en cuenta que en gran parte del
interior los vidrios de las ventanas fueron destrozados por el lúdico apedreo. Aquello
que más de cien años después de inaugurado sigue siendo, pero también se escapa
de las manos para nunca más volver a ser, mientras sigue existiendo, sin ánimos
aquí, claro, de hacer apología de lo lacaniano. Allí funcionó, además, un centro de detención clandestina durante la dictadura milica y luego, hasta
el día de hoy, un barco inmóvil a merced de su deriva.
Por las noches dicen
que se hacen esas cosas que te dan escalofríos, mejor ni acercarse. También
dicen que se escuchan voces, gritos, puertas y ventanas que se abren y se
cierran y vuelven a abrirse…cuando no hay nadie adentro, ni siquiera el viento. Nunca faltará el que se tiente
y quiera hacer algunas escenas obvias para alguna peli que te hubiese
presentado hace siglos Nathán Pinzón. ¿Y si Ricky Martin, ponele, o alguno de esos, se encapricha y se
desplaza hasta allí, hasta aquí, para filmar un videoclip ¨excéntrico¨ con
coreografía zombie? Ojalá no se lo permitan. No solo porque ya lo estaría
clonando a Michael Jackson, sino porque el aura de encanto siniestro (¿otro
oxímoron?) ya perdería todo su embeleso. No tengo nada en contra de Ricky, pero
hay sitios que desean permanecer así, sin necesidad de intervención, ni de
especulación humana, como el Titanic, que no pudo ni quiso despegarse de su
plácido descanso en el fondo eterno del mar, como este monumento, colosal y
abandonado, que no quiere que el tiempo pase, porque ya pasó, y ahora se
suspende en un continuo presente de aire puro, saludable y serrano.
Texto y fotos: Nicolás
García Sáez
Inédito / Especial para
Los Verdes Paralelos y Los Verdes Platónicos