domingo, 13 de marzo de 2022

Vida, obra, sexo y arte de Alberto Carlos Bustos, municipal y pájaro (quinta entrega)

"Nació un 23 de febrero de 1909. Interrumpió mi siesta con berridos y aspavientos que ni orangután de zoológico en celo emitiría por razones elementales de corrección y urbanidad...", señala, indignado, Pièrre Pongèuse -farmacéutico y aforista de origen belga, naturalizado argentino en 1927, tras veinte años de residencia en el país -“...dormía plácidamente al son del canto de los pájaros, en la mecedora colgante que un paciente paraguayo me regalara, cuando se desató esa avalancha de gritos infrahumanos provenientes de la casucha vecina, habitada por los  Bustos. Recuerdo que algún familiar, o amigo, de éstos vociferaba a quienes quisieran escucharle -no era mi caso-:... ¡Es un varón, carajo...! Indignado, anoté en mi diario personal (que presenta como prueba) la fecha precisa para enviarles algún veneno de regalo en cada onomástico, pero diez días más tarde se mudaron de barrio, gracias a San Eufrasio que siempre cumple. Adoro a los niños, pero no soporto la grosería de festejar a grito pelado el nacimiento de quien podría llegar a ser considerado un peligroso criminal el día de mañana”. “Hay que ser mesurados –lee de su diario de notas-, en las dulces mieles de la alegría  presente, para no ahogarnos en la amargura de su rancio acíbar en el futuro”; y agrega: “este aforismo surgió ese 23 de febrero... y aquí quedó consignado... (Doy fe) ¿Ve, señorita...?”

-¿Fue aquí mismo...? ¿En esa casa contigua a la suya, el alumbramiento...?

-No. En ese entonces yo vivía en Goya, Corrientes.

-¿Alberto Carlos Bustos, nació en Goya...? ¿En la provincia de Corrientes...?

-¿Qué le estoy diciendo...?. Ese energúmeno nació un 23 de febrero de 1929, a la sagrada hora de la siesta, en Goya, Corrientes. Lea, lea usted misma-, y me tiende una vez más esa  vieja libretita, pulcra como pocas he visto, en la que se describe lo antes narrado:

“... Interrumpió mi siesta un desgraciado acontecimiento... etc. etc. etc.".

 (“El Lagarto” Nº 27. Septiembre/Octubre.1936)

 

El testimonio que brindaré a continuación, gracias al periodista y escritor japonés y también biógrafo de Bustos (que también dejó su huella en la tierra del Sol Naciente), Nigari Gómez Michiua, lo protagoniza quien fuera -según antecedentes a ampliar en futuras entregas-, el gran amigo de la infancia y primera adolescencia del Bustos que nos ocupa: José “Pep” Martell (Sic).

 -“Alberto no nació, ni vivió, ni murió. Fue el producto más acabado de mi imaginación. Yo, le di la vida. Tanta como a sus escritos, pinturas, esculturas y música. En su nombre actué, compuse, dirigí. Tal fue mi vehemencia creadora. Pero, una tarde del desleal otoño de 1933,  estando absolutamente solo en casa, un dolor punzante en mi costado izquierdo comenzó a paralizar mis miembros. “Voy a infartar, pensé”. El dolor se agudizaba, tan insoportable era que creo haber perdido el conocimiento dos o tres segundos, los suficientes  para notar como, de mi costilla, la más cercana al corazón, se desprendía un “algo”, que, al poco tomaba forma humana. –“Yo soy...”- no necesitaba que dijera más- “¡Alberto!”, grité presa de una felicidad maternal inaudita, ¡Fruto de mis adentros! ¡Hijo mío”!...  Quise abrazarle, llorar sobre esos hombros mis lágrimas parturientas. Pero no. Me lo impidió con  gestos de rechazo, de asco, de repulsión... ¡A mí... su paridor! Luego, invocando un supuesto libre albedrío propio de la condición humana, ese “algo” por mí creado que era una notoria presencia, musitó: -"Ya no te necesito, Pep. Ya soy carne y espíritu; forma y contenido; voz y voto. Mi existencia excede tu capacidad creadora. Ahora soy. Sin vos, Pep Martell. Soy para mí.". Imagine usted mi desconcierto... tamaña ingratitud sólo es mensurable remontándonos a la de Adán ante Dios mismo. Le hablé con medidas y firmes palabras; le recordé su pertenencia y deber para conmigo; le supliqué balbuciente, en un arrebato de amor que tan sólo un progenitor podría entender. Se mantuvo frío y distante. Ese no era mi Alberto Carlos. En fin: tras una discusión que soy incapaz de reproducir por absurda e intolerable, le amenacé con un viejo trabuco de mi padre. Sus ojos vibraron en lágrimas  -falsas, por supuesto- me dio la espalda y enfiló hacia la puerta de calle. Al atravesar el salón comedor -lugar espacioso y cálido, el engendro, que cobraba vuelo propio ignorando mis derechos de autor, sagrados derechos si los hubiera o hubiese-, amartillé y percutí. Giró, incólume, fijó sus ojos llorosos en los míos, y repitió…“-Sin vos, Pep...  Ahora soy para mí...”-, giró, y sin un solo rasguño ni el menor remordimiento se marchó. Había parido un inmortal. Maldito, pero inmortal. Me desmayé. Es mi último recuerdo. Hace años fui recluido en este recinto al que algunos idiotas llaman manicomio y otros, tan imbéciles como los primeros, asilo. Nadie presta interés a mis palabras, aunque sean verdades ineluctables: ¡he sido víctima de un deshecho de mi imaginación que hoy es historia viva!, ¿entiende? ¿Cómo legitimar autoría sin constancia...?. ¿Usted es biógrafo...? ¿Podría  transcribir lo que de esta boca escuchó...?  Le ofrezco lo que pida. Mi fortuna es incalculable. Podría pasar  veinte siglos costeando los gastos de este lugar y sobrarme para otros dos milenios.... ¿Me cree...? Desciendo indirecta, aunque directamente de los duques de Baviera..."***

 (“El Hipocampo”. Enero 7 al 14. 1960. Nº 15.)

*** Hasta aquí, fragmentos de una miscelánea que desarrollaré en siguientes informes, dada la relación existente entre Bustos y Pep Martell.  ¿Personaje uno...? ¿Su autor el otro...?

 

Acaso mi juventud

haya sido un tanto extraña.

Ya entonces solía huir,

inventándome otros mundos,

en la fe de conocerme...

Cuando por fin regresaba

de algún viaje imaginario,

era una gran diversión

escuchar las opiniones

de la adusta y sabia ciencia

de los llamados mayores,

sobre mis “largas ausencias",

o mis "estados letárgicos"...

Mientras yo no hacía más

que lo que correspondía

a un impulso natural

-que, más tarde o más temprano,

seguían todos los seres-,

los adultos me juzgaban

viviendo “la edad del pavo"...

 

Agosto del veintidós:

 Escucho murmullos... Ecos...

Y esa voz sin tiempo, dice:

- "Así es el juego, en esencia...

Así en el adentro nuestro...

Así también el afuera..."-

 

Agosto del cuarenta y dos:

 Estoy cumpliendo mi parte.

Robando de los bolsillos

del alma de mis edades

millones de soledades,

incontables frustraciones,

traumas, equivocaciones...

¿Será el camino del hombre

nacer, crecer, dividirse,

para volver a juntarse...?

¿Qué truco es ese...?

¿Qué juego...?

¿Quién lo gana...?

¿Quién lo pierde...?

¿Quién lo ordena...?

 

Agosto del treinta y dos:

 La vida es un gran tablero

bajo piezas que se mueven

sobre mosaicos dispuestos

con sagaz analogía:

dieciséis formas son blancas.

-tantas son como las negras-;

¿el juego transcurriría

de existir sólo las blancas?

Sin oponentes no hay juego.

No hay juego sin complementos.

Ocho peones por bando

-que parecen lo que son-,

hacen el trabajo ingrato

de intercambio, de limpieza,

de sacrificio, de lucha...

Tras esos cuantos peones,

el "alto mando" medita

técnicas de represión,

de expansión y de conquista...

 

Alfiles, torres, caballos,

se desplazan protegidos

por la turba de vanguardia.

Son, a su vez, atacados,

boicoteados, resistidos...

Saltan, corren y se esconden,

para volver a saltar

sobre algún desprevenido.

 

Hay también reinas y reyes.

Ellas son las de temer.

Ellos mantienen su esquema

de elegidos por los dioses

para reinar en la guerra

porque en el juego no hay paz,

y hasta verse acorralados,

se limitan a la espera.

 

Sostengo con los peones

mi primera conversación...

-¿Por qué esa arbitrariedad...?

¿Por qué tantos se exterminan

por cuidar a algunos pocos...? -

 Uno al turno me responde:

-"Así es el juego en esencia...

Así en el adentro nuestro...

Así también el afuera..."-

 

Agosto del veintidós

se me impone en la memoria...

 Me topo con los alfiles

y repito mis preguntas...:

-¿Por qué peones y reyes...?

¿Por qué tantas diferencias...?

¿Quién adjudica los roles...?

¿Por qué no rompen las reglas

que impiden equidistar...? -

 -"Así es el juego en esencia...

Así en el adentro nuestro...

Así también el afuera...

 Reinas, torres y caballos

son de la misma opinión...

-"¡Luego... luego le contesto...!"-

(del rey negro es la respuesta)…

-"¿Luego, de qué...?"-, le pregunto

-"De que acabe con el blanco"-

-"¿Y si el que triunfa es el blanco...?"-

-"Indáguelo, pues, a él..."-

 Desbordado de impaciencias,

a un costado del tablero,

observo lo que sucede...

Acumulo cuestionarios

de incógnitas de la vida

que, después de la contienda,

despejará el vencedor.

Me siento a esperar. Espero...

 

De ahí en más, todo tembló.

Fue una larga sucesión

de ataques y de defensas,

de marchas y contramarchas,

en medio del cruel silencio

que impone la inteligencia...

 

La batalla se hace historia

y el ejercicio final

es la quietud de los bandos

y la mejor posición

determina el ganador...

 

¿Importa quienes mataron...?

¿Importa quienes murieron...?

¿O importa sólo el espacio

que consagraron al juego...?

 

Puede ser que importe todo...

 Me deslizo en el tablero...

 El rey blanco se ha rendido

y me dispongo a indagar

al rey negro, que, triunfante,

mantiene el rostro de antes,

indiferente... inmutable...

 

-"Así es el juego en esencia...

Así en el adentro nuestro...

Así también el afuera..."


Observé, desconcertado,

que no existía otra pieza

en el orden de apariencia

que pudiera contestar

los "por qué" de mis dilemas...

 

Una sombra se proyecta

sobre mi mente aturdida...

Y en ella veo a unas manos

ordenando nuevamente

las piezas para iniciar

lo que nunca se termina;

y descubrí al jugador

que desplazaba esas piezas...

 

Hacia él me dirigí

y otra vez esa sentencia:

-"Así es el juego en esencia...

Así en el adentro nuestro...

Así también el afuera..."-

 

Presentí que mi equilibrio

se estaba comprometiendo.

El hombre se limitaba

a un porqué sin pretensiones

que mi ignorar de la vida

quería dimensionar...

 

Me sentía apabullado...

 Miré su cara otra vez,

y me pareció observar

que mutaba hasta el marfil

de una pieza de ajedrez...

Quiero ser claro...: era un rey....

un rey blanco, en un tablero...

 Miré hacia arriba... hacia abajo...

también hacia los costados...

y descubrí las cuadrículas...

y descubrí a los peones...

a alfiles, torres, caballos,

y a las reinas, y al rey negro,

y observé que ese tablero

se ponía en movimiento,

porque, de arriba, una mano

que su sombra proyectaba,

ordenaba a los nombrados

para iniciar la partida.

Y, tras la mano, otro hombre,

que era el dueño de esa mano

y que mutaba al marfil

de una pieza de ajedrez...

Y así millones de veces...

Y así, miles de millones

de otros hombres y otras manos

Y otros. Y otras. Y otras. Y otros...

Todos los hombres peones.

Y, todos, reyes y reinas.

Todos alfiles; caballos;

y torres blancas y negras;

que se apoyan; que se cuidan;

que se chocan; que se entregan;

que someten; que se atacan;

que se anulan; que se matan;

y que rezan la oración

del llamado "juego ciencia":

 

-"Así es el juego en esencia...

Así en el adentro nuestro...

Así también el afuera..."-

 

Los murmullos se diluyen...

El ritmo se hace poema...

 

Agosto del cuarenta y dos:

 "Voy a aprender a ordenar

la materia que me forma

para recomenzar el juego

cuanto sea necesario.

Seré blanco. Seré negro.

Seré tanto como sea.

Torre. Alfil. Seré caballo.

Seré peón. Seré reina.

Seré mi rey. Seré el juego.

 

En este instante dispongo

mis piezas sobre el tablero.

 

Una mano aprisiona mi cabeza

y me desliza...

 “De todos los juegos, el juego”. Alberto Carlos Bustos. Buenos Aires.  Agostos de 1922/32/42.

 

 NOTA DEL AUTOR (12 O 13, PRESUPONGO), EN FORMA DE PREGUNTA QUE -TAMBIÉN PRESUPONGO-, TODAS Y TODOS DEBEN ESTAR HACIÉNDOSE: ¿A qué llamará Bustos “ritmo que se hace poema”?. RESPUESTA: a un poema cuya estructura es una única posible basada en el ritmo sostenido y el crescendo que aporta desde el comienzo hasta su desenlace. Recuerden que Bustos escribía no para ser leído sino para ser dicho. Aunque ustedes no deberían tener que recordar nada porque, ¿qué saben de Bustos más allá de lo que yo les cuento aquí, que es más que incierto, no?... En fin. Ésta Nota del Autor, pueden saltársela u obviarla y/u olvidarla.  (¡Qué bien puesto ese y/u en nombre de la lengua que nos parió!)

 

Texto, ficción (inédita), desde Madrid: Miguel Ángel Solá

Dibujo (inédito) a sus ocho años: Nicolás García Sáez

Especial para Los  Verdes Platónicos y Los Verdes Paralelos

 

miércoles, 9 de marzo de 2022

Deambulando

Nos hemos cruzado antes. Siempre se mueve igual. Camina en un temblor de invierno, abrazándose, haciendo de las manos cerrojos, mostrando insistencia silenciosa sobre ese cigarrillo que va y viene a la boca roja. Irrumpo en su pudor, busco encontrarla, ella intenta tímidamente responder, pero se queda quieta, fija, a medio camino del reflejo.

 

Texto y dibujo (inéditos): Irupé Roch

Especial para Los Verdes Platónicos y Los Verdes Paralelos

 

domingo, 6 de marzo de 2022

Vida, obra, sexo y arte de Alberto Carlos Bustos, municipal y pájaro (cuarta entrega)

Nicolás García Sáez  Miguel Ángel Solá Alberto Carlos Bustos

NOTA DEL AUTOR (me perdí en la numeración, lo siento, pero no llegan a diez casi seguro): Prosigamos con los datos acumulados tras siete meses de arduas investigaciones. La Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires no registra en sus legajos a persona alguna llamada Alberto Carlos Bustos -en escrito librado a mi persona por Juan José Cuestas-, admitiendo sí, la existencia -en los archivos salvados del último incendio (l967)- de: Edelmiro Bustos* (pintor de andamios) (1971-1913); Fabián Bustos (ayudante de archivos en ramos generales) (1912-1946); Primigenia Bustos (secretaria de Intendencia en Pergamino, provincia de Buenos Aires) (1921-1963); Segundo Bustos (¿?) (1932-1987); Florentino Bustos (peón de asfalto) (1901-1947); Simón Eleuterio Bustos (carpintero) (1942-?); Aquilino Bustos Hernández (picapedrero) (1922-1959); Julián Bustos Fierro (jefe de personal) (1911-1963); Anselmo Bustos (inspector) (1929-1989); Baldomero Bustos (inspector) (1911-1973); Antenor Bustos** (albañil) (1876-1949); Endivia Bustos (tenedora de biblioratos y restauradora) (1901-1968); Castora (1904-1954) y Eva (1906-1969) Bustos*** (maestras); Eduviges Bustos Armenach (directora de escuela) (1912-1986); Marcos Pintor Bustos (1936-1979) (jardinero)...

La lista completa, abarca otros trescientos treinta y dos municipales apellidados Bustos, pero en ningún caso algún Alberto Carlos.

Pues bien: si la mismísima Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires ha decidido ignorar al más creativo y libre de sus exponentes, es fácil deducir por qué la misma es lo que es y está como está. En cuanto a las causas que fundamentarían esa actitud, podríamos buscarlas en el miedo al cambio y a la suma de acontecimientos que tuvieron a Alberto Carlos Bustos como protagonista, y que, con el correr de estas páginas iremos analizando, convencidos como estamos de la existencia del hombre y no del mito. En principio sospechamos que Alberto Carlos Bustos fue -o es- aún persona, y que generó en su ámbito municipal una rebelión orgánica enfrentada a la grisitud que sus conspicuos detractores terminaron imponiendo. En su intrepidez hallaríamos, tal vez, no sólo la causa, sino el efecto que provocara la reacción de todos aquellos que convirtieran en un mezquino "negocio de influencias” el espíritu de lo municipal. Lo dicho: ni un mísero legajo. Muerte civil.

(*)  Padre (R. I. P.) de Albero Carlos (**)  Tío de (R. I. P.) de Alberto Carlos (***) Primas (R. I .P.S.) de Alberto Carlos


“Ya de niño me llamaban “antiguo”. Según ellos, vivía "en ridículo"; "abstraído en la irrealidad de la realidad…" **  Sin embargo, los seres "menores" como yo, también dejan huella. No busqué el éxito, ni la fama, ni la trascendencia, ni el fracaso siquiera. No pude adecuarme, no quise resignarme, no seguí consejos, ni impuse mi criterio. En algún sentido,  fui libre. Y viví, sencilla e intensamente, mi “minoridad”. Sin ánimo de ofender a nadie, pienso que los hombrecitos grises, somos “grises” para los “maquillados” que creen conocernos a través de una foto carné de mediados del siglo. Y lo digo porque nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestras ganas de vivir de otra manera, nuestros primeros sueños -por más que lo que se conozca por "realidad" imponga límites inhumanos a los humanos- no se agotan. Nuestros colores nacen de lo elemental del afecto. Y del dolor, de la tristeza, de la bronca, del ansia de justicia, de la sinrazón diaria, y  -también-, de toda la alegría que presupone ese mañana diferente donde plasmaremos otra historia: aquella en la que nadie será "gris" como hasta hoy nosotros. Es más que ser ladrón, aunque no se considere tanto. Es ser como se es; como se puede, y, poco a poco, como se quiere.

A lo nuestro, entonces: éstos escritos -plagados de fórmulas “menores”, desinteresadamente humanas-, son el producto de una persecución que, con delirio de hormiga enamorada, consumé en estos años de urgida necesidad de comunicarme para que supieran de mi existencia. Algunos prefieren matar o robar o engañar a los demás para lograr su bronce. Yo deseo ser alguien para siempre. ¿Lo seré alguna vez...?. No importa si en apariencia no; me he convencido de que si algo se desea fervientemente, sucede. Cosas han de pasar conmigo, entonces. Aceptando que la fantasía es libertad; que la inteligencia es libertad; que sentir es libertad; que el amor a los otros es una vida plenamente ocupada: me descubro sin pedir permiso. Vale la pena.


**NOTA DEL AUTOR Nº ¿?: efectué un corte en el escrito, para no dinamitar el ritmo de la carta abierta  y su similitud con la siguiente que testimonia haber leído en un acto de la Asociación Argentina de Actores el colega y amigo Martín Adjemián.

El corte ha sido el siguiente: (“Eso decían mis maestros -excepto la señorita Esmeralda Alaris (de primero superior B)-, quien veía lo que nadie en mí y me impulsaba: “-Sueña, sueña, no dejes la ensoñación, es lo único que nadie podrá cobrarte, aunque te lo hagan pagar caro, querido Alberto-”. Para los demás -quizás alguno me mirara condescendientemente, no quiero ser injusto, pero, para casi todos ellos, mi manera de existir era algo así como una “menudencia”, y solían decirlo en voz audible, con el propósito de que yo ¿me sintiera así?, ¿se puede ser tan cruel con un niño?, o era mi imaginación lastimada y solitaria?...)”


“Carta abierta a quien me encuentre”. Alberto Carlos Bustos. Buenos Aires. 1974. (Según Pedro Más. Peluquero Afro)

“Supe por otros, que jamás iba a ser alguien relevante. Que pensaba "en ridículo"; "en abstracto"; "en la irrealidad de la realidad", y que existir como yo era innecesario.

Sin embargo, los seres menores como yo, también dejan huella. No busqué el éxito, ni la fama, ni el fracaso, ni la trascendencia; pero fui libre. No pude adecuarme. No quise resignarme. No seguí consejos, ni impuse mi criterio. Viví. Sencilla e intensamente, viví.

Esta historieta plagada de fórmulas humanas; estos escritos; estas músicas; estos dibujos y pinturas; son producto de la búsqueda de un mí mismo que, con delirio de hormiga enamorada, consumé en años de una urgida necesidad de comunicarme con otros humanos  como yo, para que supieran de mi existencia. Quise ser en alguien. ¿Lo seré alguna vez...? No importa si en apariencia no. Yo deseo ser. Algo bueno ha de pasar conmigo, entonces.

Estoy convencido de que aquello que se desea fervientemente, sucede. Hay quien prefiere matar, o robar, o engañar para lograr su bronce.

No me interesa el dinero, no al menos como para desvelarme,  y menos aún como para tener que lidiar con impuestos y otras malas hierbas. Ya tengo bastante con ser lo que los "maquillados" llaman "un hombrecito gris". Sin ánimo de ofender, pienso que "los hombrecitos grises" somos grises para los que creen conocernos a través de una foto carnét de comienzos del siglo. Pero, a pesar de ellos, nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestras ganas de vivir de otra manera, nuestros primeros sueños -por más que lo que se conozca por "realidad" imponga límites inhumanos a los humanos-, no se agotan. Nuestros colores nacen de lo elemental del afecto, del dolor, de la tristeza, de la rabia, de la angustia, del escalafón, de la sinrazón diaria y de toda la alegría que presupone un mañana diferente: esa tela donde plasmaremos otra historia; aquella en la que nadie será "gris" como hasta hoy nosotros. Es mucho más que ser parte de ¨la mafia¨, aunque no se aprecie tanto. Es ser como se es, como se puede, y, a veces, como se quiere. Bien; si sirve de algo: ésta es parte de la única vida vivida por alguien que propone: si están solos: escriban, lean, escuchen y hagan música, pinten, canten, bailen, actúen... estudien siempre, investiguen, curioseen... -el tiempo no se escapa por hacerlo, el tiempo, así, viene, siempre viene-. Y si están acompañados, también. Compartan la aventura interminable. Acepten que la fantasía es libertad; que la inteligencia es libertad; que sentir es libertad; que el querer a los otros es una vida plenamente ocupada. No se achiquen. No pidan permiso. Descúbranse. Vale la pena”.

                                                                                                                                                                         De ustedes, siempre:

  Alberto Carlos Bustos (municipal y pájaro)

 


Texto/ficción (inéditos) desde Madrid: Miguel Ángel Solá

Dibujo / contraluz (a los 8 años): Nicolás García Sáez

Especial para Los Verdes Platónicos y Los Verdes Paralelos

 

jueves, 3 de marzo de 2022

Río adentro

Recuerdo el estridular de un grillo mientras camino. Fue anoche, el sujeto vigoroso, directo hacia el allegro, sabiendo que en pocos meses también podrá demostrar el esplendor de su adagio. Un ladrido se apaga, momento mágico. Río adentro el mundo cambia, no tanto como para sentirse un bambi en el país de las maravillas, pero casi. Hay algo perfecto, lleno de supuestas imperfecciones que tienden a lo superlativo de ese ¨desorden¨ adelantado que regala la Naturaleza. Fellini fue un amigo imaginario en mi travesía, la musa que revolvió los sentidos para estar en las antípodas. Pero, al detener el ojo en el destellito de sol y sombra con río, imagino un sueño en donde lo homenajeo: la musa lo hace meditar.

 

Video y texto (inéditos): Nicolás García Sáez

Especial para Los Verdes Platónicos y Los Verdes Paralelos

 

domingo, 27 de febrero de 2022

Vida, obra, sexo y arte de Alberto Carlos Bustos, municipal y pájaro (tercera entrega)



-"Dudo que su nacimiento y crianza se produjera en Córdoba, pues carecía de la tonada que caracteriza a los naturales de La Docta ciudad..."-, argumenta Jorge Luis Borges, en el reportaje que el escritor y poeta Rodolfo Braceli le hiciera el 6 de septiembre de 1974.

-"(...) Lo conocí en una situación extremadamente tensa en el club argentino de pato. Este hombre, Bustos, que, debo reconocer, produjo en mí una desmedida curiosidad momentánea, logró interrumpir la semifinal de un sanguinolento campeonato de pato, que disputaban "Las Cruces", de Pergamino y "Los Venados", de Balcarce, plantándose en el centro del campo de juego con un invento que le pertenecía, entre las manos: un balón con seis asas, con el que pretendía reemplazar al acogotado palmípedo de turno. Evidenció ese día, el muy impertinente, la valentía de un cuchillero entre cuchilleros, imponiendo su criterio tras amedrentarlos con la simple parada. Supe luego, en una charla informal, que el susodicho escribía; pero, urgido como me encontraba en satisfacer las demandas de los vericuetos insaciables de mi pobre imaginación, mis oídos ya no se prestaban. En cambio, nacía en ese mismo instante, "Hombre de la Esquina Rosada", y sus méritos, si los tuviera, los debe a ese mozo de rostro afilado y temple acerino, para rematar la charla con un: -"¿Braceli, es su nombre...? Vea, muchacho, al fulano que nos ocupa no lo recuerdo cordobés."-

 Honorio y Delfino Acuña, remontan al 1º de mayo de 1923 el nacimiento de Alberto Carlos Bustos. Hermanos gemelos y periodistas, ambos coinciden en que: “(...) Su tierra de origen - la de Bustos - fue Villa General Belgrano (Córdoba); trasladándose el grupo familiar (en ese entonces: padre, madre, su primogénito llamado Libador y Alberto Carlos, aún bebé) a la ciudad de Rosario para atender a este último de la ceguera que le afectara desde sus tres primeros días de vida". Este testimonio coincidiría con el de Olga Arce, que trató al afectado durante la enfermedad que lo acosara. No son los mismos, sin embargo, el lugar ni el año de su nacimiento.

 Heriberto Oyuela -anciano político cordobés-, asevera en su libro "Memorias de un canalla redimido", que la idea original de sus escritos le fue suministrada por su coterráneo Alberto Carlos Bustos, y que por lo tanto a él debe la fortuna acumulada por sus ventas en veintiséis países: -“ (...) evitándome así proseguir utilizando las tan malas artes acostumbradas en mis colegas para hacer dinero". “(...) Yo era de los que opinaba livianamente: “Hay que invertir donde corra la sangre, aunque sea la mía”.  Hoy, arrepentido del daño que pude hacer, soy asesor de la ONU, vocal primero de UNICEF y consejero de Mujeres Maltratadas en toda América. Por eso, cada 1º de mayo, levanto mi copa en honor de quien me ayudó a cambiar...". Este último dato, podría bien ser tomado como una salutación al día en que su inspirador iniciaba un nuevo año de vida. Su cumpleaños, digo.


"Veo sangre en los ojos del siglo.

Encaramados al poder de lo imposible, los sentidos vagan por la insensatez.

He visto estrellas encenderse y apagarse luego, como si sobraran, como si no les estuviera permitido más que ese parpadeo miserable.

He visto sangrar a los ojos del siglo.

Tras cada gota, el destino, ahogando el fuego sagrado que protege del invierno a los sentimientos.

 Mi mano imaginaria percibió ayer la dureza de las almas que conducen esta renovada vieja historia.

 Tocó a un tiempo, todas las piedras -corazones de latires ahogados-, y golpeó urgida, puño cerrado, para hacerse evidente; pero mi oído fantaseado le avisó que de cada cerebro manaban cataratas que, por espesas parecían órdenes y que éstas fluían por ojos inertes y mandíbulas tiesas desde el miedo inventado.

Veo sangre en los ojos del siglo.

Quise besar la boca que me mordió.

Quise sorber la saliva virgen que, como esas estrellas del débil parpadeo, mudó sin transición en baba rabiosa.

Quise lamer su hendidura más profunda y en ella: un sello, un himno, una bandera fronteriza y lo aprendido de memoria y repetido hasta el hartazgo en la búsqueda del odio suficiente que por suficiente justifique.

Veo sangre en los ojos del siglo.

No es sangre conocida.

Es sangre de números, de contabilidades, de memoria y balance, de utilidad, de pragmatismo.

No es sangre de la que hace brotar vida.

Es sangre de vencer o morir.

Es sangre de ni un paso atrás.

Es sangre de matémonos los unos a los otros.

No van a derramar lo vital los mandantes dedicados a "ultimar detalles"; escudados en soberanías, honores y valentías fingidas; surcos por donde la sangre del siglo veo correr.

Quiero olvidar que mis ojos ven, no sólo lo que ven, quiero cegarlos de visiones, equivocarlos, hundirlos en la nada del vacío.

No basta con cerrarlos.

No basta con llevarlos al sueño.

 Sigo viendo, y lo que veo es sangre de siglos en el siglo que me toca vagar por estos ojos, que apenas parpadean."

 

 ¨Siglo¨, de Alberto Carlos Bustos. Buenos Aires. Diciembre. 1936.Prólogo en “Memorias de un canalla redimido”. 


 

Desde Madrid, texto, ficción (inédito): Miguel Ángel Solá

Dibujo (a sus seis años): Nicolás García Sáez

Especial para Los Verdes Platónicos y Los Verdes Paralelos