sábado, 23 de abril de 2022

Vida, obra, sexo y arte de Alberto Carlos Bustos, municipal y pájaro (undécima entrega)

ENTREGA 11. SI FUERA POSIBLE TANTA ENTREGA.

 He pasado gran parte de la noche anterior trabajando. Teatro de 20 a 22 y grabación de La Novia Gitana desde las 22,30 hasta las 4 a.m. de ayer. A las 10,15 hice una entrevista por  RNE “No es un día cualquiera” y, ahora, vuelvo a las lides con Doble o Nada. Pero, a eso de las 115,30, tras haber limpiado la casa, cuidado de las plantas y hacerme un sándwich, se me ocurrió echarme una siestecita. Casi por entrar en estado de coma…

-Migueeeel… Abrí los ojos. Nadie. -Soy yo. Lápiz y papel que tengo poco permiso… Papel, lápiz… Vamos...

 NOTA DEL AUTOR (Por favor, que no pase desapercibida, porque vivo solo y esto me ha costado un trauma, digamos. O una posible embolia láctea, por ser fino. Entramos en un terreno, que tiene que ver con la sexualidad amorosa de Bustos. Yo no tengo nada que ver: sólo soy el catalizador de toda esta información. Y dice la voz…

 “Soledad, Laura, Mercedes, Marcela, Ada, Claudia, Beba, Mora, Belén, Diana, Diana y otra Diana, Julia, Nora, Selva, María Julia, Marta, Clara, Yemma, Sofía, Checha, Bárbara, Jazmín, Elena, la negra Bruna, Estela, Gloria, Susana, María, María, María, María, más Marías, muchas Marías, demasiadas Marías para un solo hombre, Silvia, Silvia, otra Silvia más, Jennifer, Gabriela, Martina, Denisse, Paola, Gonzaga, Jorgelina, Ángela, Patricia, Edith, Cecilia, Andrea, Andrea y Andrea, Celeste, Albertina, África, Puebla, Norma, Soledad, Silvina, Mar, Mariana, Marina, María Eugenia, Elvia, Lucía, Lucía, Celia, Silvia, Alicia, Rosa, Martha, Dominique, Sandra, Teresa…

 NOTA DEL AUTOR 2 de esta entrega un tanto subida de tono:

 Bustos me desliza unos seiscientos nombres que no llego a escribir –imposible- porque en esto la voz no se detiene, embelesada, siguiendo las huellas de lo mortal para inmortalizarlo, pasando de recuerdo en recuerdo. Llenos de imágenes -pasan unas tras otras, esculpiendo un mismo momento en el que todas y él caben y hacen un mismo e indescifrable rostro y cuerpo; aromas que se evaporan confluyendo en una única mezcla olfativa; mieles que rezuman los cuerpos que saben a una misma suma de agónicos adioses…- y que su consciente deposita en mi inconsciente para que yo traduzca sin haber sabido yo de caras, cuerpos, frases dichas por cada cual ni en qué momento ni de sus particulares olores, sabores, sensaciones transmitidas… Todo es una enorme montaña –arenas en movimiento-, en la que ellas y él retozan, en la medida de lo imaginable por cada uno de ustedes leyendo y también por mí, que escribo. Disculpen esta manera fútil de tratar de hacerles ver lo que ni yo puedo. Es como una descarga de un archivo inmenso de Google, que me es imposible capturar y mostrarles, ¿entienden mi alegoría tan moderna?... Todo es íntimo, todo surge y se escapa de mí sin haberlo hecho mío, porque todo es suyo, y de cada intento de sentir lo que nombra, surge una anécdota que llega a calentarme hasta las uñas e invade para siempre mi imaginario como si alguna vez hubiera podido yo haber vivido esa interminable lista de amores que Bustos me cuenta haber consumado en ese espacio de vida que colma aunque no calme el hambre de perpetuarse en las inacabadas muecas de un abrazo, un beso, una caricia, un fundirse en la ilusión de haber sido uno mismo dentro de “alguienes” que fueron una misma vaya a saber en cuántos otros.  Seiscientos nombres -casi-, cuyas voces repitieron las palabras elementales del alimento único con el que se hace entender otro ser vivo: más, te quiero, otra vez,  besáme, lo que quieras, amor, miráme, cómo me gusta, ahí, por favor, soy tuya, me muero, ¿qué me haces?, dame, más, despacio, ahí, conmigo, me estás matando, más suave, golpeá, ahora más, dáte vuelta, más, más, ya, te tengo ahí, juntos, vamos, todo, todo, todo, ahhhhhhhhh, mi amor, y también esa extrañísima palabra que ahí se repite en libertad, sin posible juzgamiento: ¡Dios!, en cada intento de nombrar lo que está ocurriendo más allá de lo conocido, nexo único, común a todos esos nombres que con él creyeron -por un momento al menos- en Él, hasta darle un nombre definitivo a eso que estaba pasando en sus adentros. Esa palabra y el sonrojo ante lo prohibido.

 Sin querer queriendo

 

-“Poco sabía de mí, pero mantenía enorme fe en todo aquello que me contaban mis amigos. Pasado un tiempo, no recuerdo cuánto exactamente, ellos, comenzaron a inducirme, directa e indirectamente, a la recuperación plena de mi sexualidad, insistiendo en que debía aplicarme a temas propios de la jardinería: “enterrar la batata”, “poner el nabo en remojo”, “plantar la zanahoria”, “pelar la banana”…)

Pero, la verdad, ni sabía qué hacer, ni sentía pulsión alguna por sembrar y cosechar…

Me presentaban señoritas de todo tipo quienes, aburridas de mi inopia, desistían de ayudarme a cultivar el huerto.

Pues bien, ¿sería yo, tal vez, una de esas escasas personas para quienes el sexo no tenía relevancia alguna?.

Sobrellevaba mi celibato sin peso alguno, hasta con alegría, cuando, una noche de octubre de 1950 asistiendo en la Plaza de los Congresos a un concierto que ejecutaba –y, créame, amigo Miguel, que nunca mejor empleado el verbo ejecutar- la Banda Municipal dirigida por un sordo anímico: Adolfo Culebras, bajo la sombra de un abeto plantado en el año 12, la vi a ella.

Clara Beter ejerció desde ese instante la atracción que un gigantesco imán ejerce sobre un ínfimo alfiler. El alfiler era yo, claro.

Presentirla y no poder desear otra cosa que estar cerca, fue, de ahí en más, mi sino. Me conformaba con admirarla, no sabía qué decirle, ni qué hacer, ni cómo dominar ese temblor que comenzaba a cien metros de sus ojos y del resto de su cuerpo también.

Así noche tras noche, hasta el 14 de mayo del año siguiente. Salvo los domingos.

Ella descansaba y dormía los domingos por la noche, aunque la Banda siguiera con sus ejecuciones. Al filo de las veinte horas, ella comenzaba a ofrecer sus trabajos nocturnos a los más que mareados melómanos asistentes que yo siempre pensé “contratados” por el director Culebras. Clara, vivía a escasas dos puertas de mi edificio.

Éramos casi vecinos.

Llevaba más de un año de renacido y siete meses de escuchar el galope de mi único reloj, que se calmaba sólo con la lectura o el sueño.

En ese entonces estaba yo devorándome un maravilloso volumen que contenía las obras completas de Lope de Vega.

Mimetizado en su escritura, dialogaba con mis amigos usando el ritmo, la cadencia, la musicalidad, la métrica y hasta el cúmulo de imágenes de Lope, y aplicaba todo esto al acontecer cotidiano, a Buenos Aires, a mis sensaciones...

Acostumbrados a mis excentricidades, mis estoicos escuchas lo soportaban hasta con naturalidad.

¿Sería yo el Fénix de los Ingenios redivivo?

No.

Era una preparación intuitiva para el encuentro que significaría -¿creen ustedes en la casualidad?-, la recuperación de mi sexualidad perdida a través del tortuoso océano del amor.

 

Una mezcla de entusiasmo e impaciencia se apoderó de mi mano de escribir, y, de ella, brotaban cataratas de impresiones que provenían de una memoria ajena.

Agotado, pero feliz, comprobaba la veracidad de aquello que mis amigos, en sus afanes por devolverme el ser, habían intentado transmitirme: yo había sido escritor antes, en mi época olvidada. Con cierta -inducida por ellos-vocación de horticultor, ya que hice poemas al ruibarbo, a la ensalada sanjuanina, a los brotes de espárragos, a las arvejillas en flor, a los pomelos rosados, a la mandioca ahumada, al zapallo, al zapallito redondo, al calabacín y a la calabaza... en fin, a más de mil de esos seres comestibles.

¿Tendrían entonces razón también en todo lo referente a mi sexualidad?

Pero, ¿qué era “eso” de lo que tanto hablaban?

De “eso” no tenía memoria, ni ejemplos, ni sensaciones, sólo el galope desenfrenado de mi corazón ante la proximidad de Clara.

Y ocurrió.

¿Cómo supe su nombre?

Lo leí en uno de esos cuadernillos poéticos que ella distribuía gratuitamente entre los asistentes al concierto de la Banda Municipal, ese día de octubre de 1952: “Brumas” de Clara Beter.

……………………………………………………………………

NOTA DEL AUTOR: menos mal que estudié taqui-dactilografía en la Pitman, porque a la velocidad del correcaminos, me lanzó sin parar, haciéndome de él, de Clara y del Relator, todo éste choclo…

 

EL ENCUENTRO

 

NOTA DEL AUTOR: Alberto se encuentra cara a cara, por vez primera con Clara. La voz me urge a escribir sin solución de continuidad lo siguiente:

 

(La acción nos sitúa en Buenos Aires. Intersección de las Avenidas Callao y Rivadavia. 00.03 horas en punto, ésto sería lo del Relator nomás)

 

AC -Hola. Soy Alberto Carlos Bustos. Tu vecino del quinto.

CB -Estoy trabajando, compañero. Otro día.

AC -¿Eres policía? ¿A quién vigilas?

CB -Soy puta. Y poeta.

AC -Poetisa…

CB -Poeta

CB -¡Ah...!

CB -“Ah”… es un buen título para unos versos de amor y desamor, ¿me lo regalas?

AC -“¡Ah...!”: qué loca esencia te declara nueva,

recién lavada, inmersa en la mañana que te aprueba”...

CB -Oye, que es de noche y que el poema me lo escribo yo.

AC -Ya, ya disculpa. Yo también escribo.

CB -¡Qué me cuentas!

AC –Lo que digo.

CB -A otra esquina entonces, que pierdo mis clientes, si te escucho y miro

AC -“Y si te miro yo, pierdo noción

del sur, del este, del norte y del oeste.

Me invade el peso de saberte lejos,

en una cama que no sabría a mía.

No puede -que no debe- la poesía,

acostarse en vano, tan temprano, a pago fijo.

El perpetuo movimiento que condena

al amor único,

encadena su perenne tolerancia.

No puede -que no debe-, ser distancia.

Al ansia buena mataría, mi dueña,

mi señora, en cada esquina.

Te quiero para mí, para mí sólo.

CB - Y yo no quiero. El sentimiento no es lo mío.

Mi sexo no se amolda a un solo falo.

Lo malo no es que sea para varios,

repetidos o no, o desconocidos

que una sabe de qué van,

y qué cosas de ellos una escribe.

Lo malo es este frío. ¿Tienes “Galgos”?

AC -¿Qué es eso que me pides?

CB -Cigarrillos.

AC -Fumar no es cosa buena, puta hermosa...

CB -Lo malo es otra cosa. ¿Has dicho “amor”?

AC -He dicho puta.

CB -Creí haberlo escuchado… ¿por qué “hermosa”?

AC -No hay palabras ciertas que puedan revelarlo,

pero quizás te dé una pista con mis manos...”

CB -A ver, a ver…: un índice extendido en la derecha: un falo...

Un círculo trazado con índice y pulgar en la otra mano: la entrada de una cueva...

Ambas dos manos que se acercan, y se encuentran y penetran...

Y un gesto obsceno de vaivén, tanto como el brillo de tus ojos

me da a entender que en este diálogo rimado,

uno, al menos, de los dos comparecientes,

la va de interesado.

¿Por qué tanta pirueta en esas manos?

¡Venga!, ¡al grano! ¿Tienes pasta?

AC -¿De dientes?

CB -De billetes

AC -No. Hoy soy un pobre diablo sin pasado y sin trabajo.

CB -¡Vete, entonces!

AC -¿Que me vaya?

CB -¡Que te vayas! ¿O no entiendes castellano?

AC -¿Me dejas observar el dobladillo de tu falda?

CB -Observa, si lo quieres, con mesura de vecino.

AC -¡Desatino!... ¡Tú no llevas bragas...!

CB -No las llevo...

AC -¿Puedo, entonces...?

CB -No hay billetes: no hay subidas ni bajadas

AC -¡Ah! ¡Injusticia!

¡Ah! ¡Qué triste vida la del que no haya ahorrado...!

¡Ah! ¡Qué vacuo y necio es este estado

de crisis lacerante,

que deja por delante al más pudiente,

y al que no tiene, retrasado...!

CB-¡Venga ya! Que estuvo muy bonito...

Que no lo arruinen esas rimas alargadas.

Desaloja mi parada, presto, que hay clientes...

Y deja en paz el título de mi próximo poema,

Que es ya mío; y tu regalo...

¿Alberto Carlos Bustos, te llamabas?

AC -Tu refugio, puta amada.

CB -Que no hieras la palabra amor,

que ya bastante crueldad soporta.

Mi refugio, tal vez, cuando yo lo quiera

Pero, no ahora, que hoy es viernes,

y llueven nuevos capitales de occidente

con dos huevos.

Los hombres de la noche, sementales,

Príapos moderados o nutrientes,

vitalicios, escasos, insistentes,

se acercan con sigilo; mejor dicho: sigilosamente.

AC -¿Puedo espiar?

CB -Si así lo quieres, bien, lo haré de pie.

Tras el cristal de mi ventana.

AC -¿A qué me induces...? ¿Lo harías para mí?

¿Para que vea…?

CB -Con las luces encendidas. Esta noche.

Para que después de ver: te mueras.

AC -Moriré y reviviré para tenerte.

CB -Detente. Calla. Ya tengo mi poema: ¡”Ah”!

Y ahora: vete.

AC -Clara... Clara… Beter...

CB -No. Tú, vete.

 

AC -Y me fui, desagotando rimas, a mi bulo.

El celibato alerta me mantuvo.

Y a eso de las dos de la mañana,

la vi, desnuda, allí.

Tal cual lo había dicho, para mí.

Sus pechos y su sexo pegoteados

Al ventanal inmenso de su cuarto.

Y una sombra con volumen en su atrás, exasperada...

¡la sobaba sin saberla mía! 

Daba igual. Sabía a poesía, a desesperación;

A unión en los confines del planeta;

A madrugada insomne, a mermelada.

Y a café con leche. Y a tostadas.

Esa imagen imborrable.

La sinceridad de no estar viva en ese instante más que para mí.

Luego: la calma.

El verbo repensar, o sea:

renacer, o sea, la verdad última enclavada:

el ritmo, con su síncopa, ¡era ella!...

Y después de ella habría nada.

                                               Clara. Clara Beter. Clara.

 

 

Desde Madrid: undécima entrega, texto y ficción (inédito): Miguel Ángel Solá

Dibujo (inédito, a sus ocho años): Nicolás García Sáez

Especial para Los Verdes Platónicos y Los Verdes Paralelos

 

viernes, 22 de abril de 2022

Foto

La invención del cronómetro resulta un descaro / Sabe que, al correr un saxo, sigue sonando / Equivoca la nota en la víspera del concierto/ Dispara su creación sin corrección alguna

Apostar en la partida, a medias de lo que imagina / La ansiedad que se disuelve en la pureza  /  De las hojas mejor cultivadas que se comparten / Cómplice en la compañía, que reclama la calma

Amor materno que no baja la guardia / El vapor que se expande bajo el ruido del agua  / Los dibujos animados que distraen los pasos que siguen en el tiempo que resta

Tomar una foto, el rastro más nimio / Detener el horario, demasiado arbitrario / El teléfono titila los mensajes silenciados / Primero el café, antes de que se enfríe

Explorando una imagen provisoria  / La vida insiste, con manos palmeadas / Abriga los colores, lo que no quedó escrito / La extraviada intensidad que se coló en un ensayo.

 

Texto (inédito): Silvia Chaher

Ilustración (inédita): Selene

Especial para Los Verdes Platónicos y Los Verdes Paralelos

 

sábado, 16 de abril de 2022

Vida, obra, sexo y arte de Alberto Carlos Bustos, municipal y pájaro (décima entrega)

Nicolás García Sáez y Miguel Angel Solá

"¡Soy víctima; no victimario! Estoy pagando el alto precio de imaginar hasta la creación. No. No soy Dios... Sí, lo más parecido. La realidad no es mi terreno. Mi reclusión no es gratuita; mordí el fruto de lo prohibido, y por eso ésta condena. Usted me pregunta sobre Bustos, pero habiendo tomado ya partido. También usted se inclina a creer que soy a quien denuncian como perseguidor de ese  supuesto canario que escapó por la puerta abierta de una jaula. Esa jaula fue mi cerebro, señor. Un cerebro tan poderosamente perfecto que sopló e hizo la vida, o sea: también la puerta. ¡Claro que no deseé jamás que "eso" a lo que usted y otros llaman Alberto Carlos Bustos prescindiera de mi guía; y de "eso" ustedes son los responsables!. Fueron ustedes los que decidieron : "habla solo, piensa solo, siente solo, escribe, compone, actúa, pinta, adoquina, ama, investiga, toca, huele, escucha y sabe por sí mismo... ergo: es un genio, es un dotado, es un adelantado a su tiempo y es de carne y hueso y sangre". Ustedes, señores, los que, sin medir consecuencias, le otorgaron todo aquello que me pertenece. Ustedes, los que hicieron una cirugía delicada y separaron mi obra- no un libro, no un cuadro, no una partitura, sino la totalidad humana-, de mi persona y crearon un Frankenstein. No conformes con ello, ahora están diseñando la aureola de un mártir sobre su testa. ¡Un héroe cotidiano, Alberto Carlos Bustos...! ¡Faltaba más...! ¿Un “perseguido”, el simple soplo de esta fantasía mía que sufrió un trasplante equivocado. ¡Qué canallada! Pero, ¿ qué se puede esperar de la chusma? ¿Qué se puede esperar de la sarta de mediocres y cobardes que necesitan imperiosamente de alguien que traslade a la existencia lo que son incapaces de generar ellos mismos? Asumo que el destino de los genios siempre ha sido adverso en cada tiempo que los vio nacer y morir y que sólo la posteridad nos está reservada. Confío en ella; aunque los frutos del hoy... los frutos del hoy.... Vuelva otro día. Ahora necesito pensar. No. Mejor no vuelva más. No me resulta simpático usted, ahí, tomando notas... Tampoco vislumbro en su cara el menor atisbo de inteligencia. A distancia se nota que usted prefiere rastrear en el agua señales que indiquen que por allí pasó Bustos, ergo: una costilla de mi imaginación. ¡Váyase...! Los necios me saturan. ¡Imbéciles! ¡Enfermero! ¡Ayuda! ¡Este individuo me quiere violar! ¡Ayuda! ¡Socorro!...”-

 

(Sobre Pep Martell, según el periodista Juan Monge. Clínica Psiquiátrica Fortuna. Febrero. 1963. La Calle. Nª106

 

 

Estás enloqueciendo lentamente.

La muerte es ya más cerca.

Horas, días, meses, años, da lo mismo:

ya es presente, ya es ausencia de vos.

¿Qué espanto te hace muecas?

¿No sos lo que quisiste?

¿No hiciste lo que Dios dijo que hicieras?

De a partes te perdiste

en sueños, envidias y quimeras.

¿Acaso amaste más cuando pudiste?

¿Acaso menos en medio de la hoguera?

Quemándote los pies: ¿acaso maldecías

a quien te diera vida?

¿En qué pensabas cuando fingías sí,

sintiendo no?

No sé si es vocación, o esquizofrenia

del arte del tablón, o la miseria

de no saber quién sos.

Por eso la locura. Por eso la tristeza.

Por eso lo insondable.

Por eso esta tragedia de la espera quieta,

atormentada mueca amarga

-por el dolor de no existir-, de oreja a oreja.

¿Que la muerte te tenga compasión y no te lleve...?

¿Que faltan tantas cosas por hacer...?

¿Que con un tiempo más...?

¿Que la felicidad te espera...?

¿Dónde...?

Que si tal vez, un hijo...

¿Cuándo...?

Si una mujer pudiera...

¿Cómo...?

Si un amigo

Si yo...

Si vos...

Si Dios...

¿Hay alguien que me escuche...?

 

“¿Hay alguien que me escuche?” (A Pep Martell) de Alberto Carlos Bustos. Córdoba 1964.



Desde Madrid, décima entrega / texto y ficción (inéditos): Miguel Ángel Solá

Dibujo (ed. b&n, inédito, a sus 8 años): Nicolás García Sáez

Especial para Los Verdes Platónicos y Los Verdes Paralelos 

 

domingo, 10 de abril de 2022

Vida, obra, sexo y arte de Alberto Carlos Bustos, municipal y pájaro (novena entrega)

NOTA DEL AUTOR: De haber nacido en los albores del siglo pasado, habría tenido, cuando escribió esto, unos 90 años más o menos y algo así como ciento veinte hoy. Me refiero a que hay que ser muy optimista para pensar -a esa edad-, en reabrir su mercado de esperanzas. Pero: ¿qué podría ser Bustos sino una utopía que resuena en la cabeza de tantos con otros nombres y libres albedríos? En fin, cada uno es cada uno y cada cuál es cada cual. Y yo, podría hacerme el distraído y decir que "no estoy", que mientras hago esto no soy yo. Pero mi mano insiste en escribir sin tachaduras lo que la voz dicta y  me impide apartar la mirada del papel. Y, esa voz, cuando una palabra no le es clara a mi cerebro, se detiene y la repite, y yo respiro agradecido como si el don de inspiración me perteneciera. Parece leer mi pensamiento. Aún hoy, después de tantos años de obligarme a mi mismo a ignorarla…

Acaba de pedirme agregar un texto sobre la pérdida -texto del que no recuerda otra cosa que la palabra “recodo”-… Silencio... Hago un alto para dedicarme a mi existir, ya que en algún momento volverá con sus gritos y aspavientos y sus ¡eurekas!... ni mi sueño respeta. Ésta es mi vida. Ésta y lo que me callo. Les advierto que en la próxima entrega, quizás sea “recodo” la palabra dominante. O no. No puedo asegurar lo que no puedo asegurar. (12,07 de hoy, febrero 6, creo de 2022)

“Ojalá el frío no sea pavoroso en los frentes de batalla, las balas se desvíen, las bombas no exploten, el odio no mate, los niños, las mujeres, los ancianos y también los que dan y reciben órdenes se nieguen a morir y a matar y a sufrir. Y que los animales y las huertas sigan dando el alimento útil y esencial. Y que las enfermedades se evaporen, y las mutilaciones no lo sean. Ojalá la vida siga su curso y olvide y perdone la intromisión de esta nueva pesadilla. No crean que por un momento, transcribiendo algo ajeno y menor ante la barbarie, dejo de pensar que la vida puede más, porque es imprescindible que pueda más. Esto lo escribo yo, Miguel. No me lo dicta nadie. ¿O sí?...”

 

NOTA DEL AUTOR (Ya no me hago cargo del número, que los agregue Mr. Bean. ¡No. Ése idiota, no! Otro.): No me dejó llegar al baño. Mi intención era ducharme para que el amable lector (muy por sobre todo, la deseada lectora) no tuviera que soportar mi no aseo diario (que lleva casi 19 horas sin reanudar su rutina), pero nada, con Bustos no se puede escurrir uno de las veinticuatro por veinticuatro… “¡Anotá, anotá, ché!” ¿Recodo?, pregunto (hablando solo como todos los mayores que los ya mayores de edad... “¡No, no, pototín, algo que tiene que ver sobre lo que escribiste recién de la guerra, mi urbana antibélica”, a la que ustedes le cambiaron mi música original y para convertirla en parte de un musical para deprimidos!, ¿recuerdas, o te atacaron ya los siete jinetes del Apocalípsis?... Giménez, Righi, Luque, De la Peña, Grassano, hasta Guanella, creo; excepto vos que no entendés un pomo de música”… No saben cómo grita cuando grita, me agota la recarga timpánica. “Y hasta le agregaron una erre entre “parir” y “evoluciones” para hacerse los progres… ¡“Revoluciones” les quedó, ja já! ¡La única revolución, ya lo dijo el Kama-Sutra, es la de las posturitas, para cuerpos entrenados y las palabras que hacen vibrar el espíritu ,gil!” “¡Anotá, dale, que no muerde!...” Gracioso y refregón de incapacidades el muy jodido… “¡Vamos!, ¡vamos!...”. Insoportable, pero, el abducido, yo, va y agrega a la siguiente entrega, que ya era más suficiente con lo anterior, esta “urbana antibélica” por casi nadie conocida…

 

 Basta un vulgar indecente,

un psicópata homicida…

Basta esa bestia latiendo,

y el alma del sentimiento

se transforma en el cadáver

de lo que antes fuera vida

 

¡Viva la muerte del otro!

¡Que sufran...! ¡Que se hagan hombres...!

¡Que vacíen sus cabezas!

No se admite más idea

que acabar con lo que sea…

 

Basta un decreto, una orden,

un delirio de insensibles…

Basta ese dios que se esconde

tras la firma de rutina,

para matar a su antojo,

como si sobrara vida…

 

¡Viva la muerte del otro!

¡Vayan, maten y destruyan!

¡Subordinen y regresen!

Y si no vuelven, no importa…

sus despojos serán héroes

 

Yo no quiero ni una guerra,

ni una así de pequeñita…

No quiero sombras sin ojos,

sin palabras, sin orejas,

sin los brazos, sin las piernas,

sin los huesos, sin espermas,

sin sonrisas, sin cerebros,

sin amores, sin conciencias

 

¡Y a parir evoluciones,

sin que escape un solo tiro…!

¡Que ya sobran asesinos!

¡Que ya sobran asesinos!

 

“¡Que nadie se rinda!”. Letra y música de Alberto Carlos Bustos. Diciembre enero de 1938. Buenos Aires.               

 

NOTA DEL AUTOR: (Este capítulo no termina más): * 1982 * Rumores de guerra dejan oírse -pese al supuesto "secreto de estado" que manejan los encaramados al poder por la fuerza bruta-, y la República hermana de Chile y Argentina, armadas hasta los dientes, van a dirimir -en el campo de batalla que han convertido a sus atormentados pueblos- sus incapacidades, su bestialidad congénita, su cada vez más atroz "modo de ser". Sangre. Sangre desparramada. Un torrente de sangre que, fuera de contexto, será alimento de viejos odios y nuevas sinrazones. El horror se avecina. Bustos, en algún lugar de la Patagonia, escribe.

 

Texto/ficción (novena entrega inédita), desde Madrid: Miguel Ángel Solá

Dibujo (inédito, a sus seis años): Nicolás García Sáez

Especial para Los Verdes Platónicos y Los Verdes Paralelos

 

viernes, 8 de abril de 2022

Artemisa

Ibas con tus botas de cuero/ y sin cartera, / un arco y varias flechas, / Señora de los bosques. / Ibas diosa a cruzar la calle / y te hicieron un finito.

No supieron de la olímpica estirpe / cuando miraste hacia atrás vengativa, / Señora de los animales, / seguida de la perra del barrio / llamada Diana.

Y se rieron pues te fantasearon virgen / ignorando tu fertilidad temprana, diosa./ Ni se imaginaban  / que habías presenciado el nacimiento / del mellizo de apolínea figura/ ni que contabas sempiternamente / con el padre que amontona nubes / como palomas.

No sabían, diosa, / y cuando miraste hacia atrás, vengativa, / ni se imaginaron / que no necesitabas de un padre / o un hermano para defenderte, / y te hicieron un finito, / diosa de pelo recogido  / y carcaj en la espalda (o mochila, quién sabe).

No supieron nada  / de tu castigo al atrida soberbio   / cuando mataba al ciervo, / pobrecito del bosque  / y vos, tan madre del natural arte: / misa de cipreses sagrados  / en su pagano verdor, / Artemisa, / vos, tan partera lunática del arte: / misa de los pujos y el origen, / Artemisa.

De lo contrario / no te hubieran hecho un finito,  / así como así. / No lo sabían, diosa,  / y cuando miraste hacia atrás vengativa / y te soltaste el pelo, / se calmaron los vientos del asfalto, / como aquella vez que te llevaste  / a Eneas a su cielo  / para curarle las heridas. 

Arte de sanar, / misa de conciertos vegetales, / Artemisa. / No lo sabían  / y cuando miraste hacia atrás vengativa, / levantaste el dedo insultante como flecha  /  en el medio de tu mano diosa,  / y con la pausa del gesto obsceno / castigaste su hybris  / de mortales groseros / y de machos veloces, / con la sanción del desprecio / en el dedo medio de tu nívea mano diosa.

No lo sabían y volvieron a reírse / disolviendo carcajadas en la estela varonil  / del humeante carburador.  / Y seguiste caminando con tus botas de cuero junto a la perra,/ y carcaj en la espalda (o ajada mochila, quién sabe).

Entonces la levedad fue arte, / misa de pasos aliviados, / Artemisa, / y el aire te saludaba con la cortesía de un silencio.    

 

Poema (inédito) desde Uruguay: Sandra Escames

Ilustración (inédita): Marina Pérez

www.marinaperez.com.ar

Especial para Los Verdes Platónicos y Los Verdes Paralelos

 

jueves, 7 de abril de 2022

Llamado a una rebelión científica a causa del cambio climático

¿Somos responsables del cambio climático?

Como todo en la vida, nada mejor que escuchar las dos campanas y sacar nuestras propias conclusiones.

Por una parte, tenemos a quienes sostienen que las actividades humanas son las principales causas del calentamiento global, dentro de ellas, las emisiones de gases de efecto invernadero, repercutiendo en la temperatura del planeta. Quienes sostienen este origen, están realizando un llamado a la rebelión científica por el cambio climático. Del 4 al 9 de abril se llevarán a cabo diversas acciones de desobediencia civil no violenta, organizadas por el movimiento Rebelión Científica, nacido en el año 2019 en Inglaterra, y posteriormente expandido por todo el mundo. Para este grupo, la desobediencia civil pacífica es un enfoque efectivo para lograr un cambio social rápido. Entre las actividades propuestas se encuentran las huelgas académicas y de investigaciones científicas. En la Plaza Houssay de Buenos Aires (la que está frente a la Facultad de Medicina de la UBA), se impartirán, el viernes 8 de abril, charlas informativas sobre cambio climático y modificaciones en los sistemas productivos hacia la agroecología, entre otras.

Al visitar la página web de este movimiento (https://scientistrebellion.com/) se pueden encontrar las siguientes citas:

“Estamos en camino a 4°C de calentamiento. Un futuro de 4°C es incompatible con una comunidad global organizada, es probable que vaya más allá de la adaptación, es devastador para la mayoría de los ecosistemas y tiene una alta probabilidad de no ser estable” Prof. Kevin Anderson.

“…a 4°C. Es difícil ver cómo podríamos acomodar ocho mil millones de personas o tal vez incluso la mitad de eso” Prof. Johan Rockstrom.

Al segundo profesor le diría que de su preocupación ya se está encargando la agenda de colorines.

Queda muy claro que necesitamos tomar conciencia de la contaminación ambiental que estamos causando, esto es innegable. Sin embargo, (acá viene la otra campana) Alejandro Robador, geólogo y experto en estratigrafía y reconstrucción paleoclimática del Instituto Geológico y Minero de España (IGME), sostiene que el cambio climático es un proceso natural de la Tierra y que nuestro planeta ha experimentado episodios hipertermales (en el límite del Paleoceno y el Eoceno) que fueron provocados por causas naturales: un fuerte aumento en el contenido de carbono de la atmósfera ejerció un profundo impacto en el medio ambiente de la Tierra. La temperatura de la superficie de los océanos se elevó entre 5º y 8ºC, distintas áreas del planeta experimentaron lluvias torrenciales, la evolución biológica de los organismos vivos se modificó fuertemente y los océanos se acidificaron. Después de 250.000 años, de forma natural, los valores de temperatura volvieron a su estado anterior. La evidencia está registrada en las rocas que hoy constituyen las cumbres más altas de los Pirineos. Este es un ejemplo de los enormes cambios climáticos que experimentó nuestro planeta en su historia de más de 4.500 millones de años. Este científico sostiene que el cambio climático es la norma, no la excepción. El desafío actual es discernir qué parte del cambio climático que estamos viviendo puede deberse al comportamiento natural y qué puede atribuirse a la acción del hombre.

 

Texto (inédito):Laura Chiavetta

Pintura (fragmento inédito):Nicolás García Sáez

Especial para Los Verdes Platónicos y Los Verdes Paralelos

 

miércoles, 6 de abril de 2022

Oaxaca y sus meandros infinitos traducidos a la lengua de Lord Byron y Chaplin

Nicolás García Sáez traducciones

Catrina the skull laughs and her happy death laughter booms down the streets. The dawn is warm and serene, here, in the south of the Aztec territory. Two neighbors open the door of their homes almost in unison and come out with their brooms to sweep the dirt which has invaded the centenarian stone.  In front of them, a man in a disheveled grey suit, his nose dyed a pompous shade of red, reeking of mescal, walks aimlessly, forming rhombuses, disappears after attempting to converse with the corner lamp post.  One of the ladies smiles timidly, the other makes a grimace of disapproval, the grimace of one who around that time always sees the same spectacle, the one provided by a hangover after an intense night with a full moon and complicit with the ethyl vapors that have had conversations with the festive souls from the afterlife.

It is because yesterday the Day of the Dead was celebrated in the whole of Mexico, a curious way of celebrating the deceased with a parade of giant figures, with flowers, incense and little skulls made of sugar which will be deposited by the bereaved on the altars, offerings to their loved ones who are no longer with them. This is not new, of course, they are festivities that have been held in early November since pre-Columbian times.   The novelty is what tourists and travelers feel when seeing entire populations laugh and dance with one of the issues most feared by practically the whole of humanity. It is not strange to see among these streets splattered with walls decked in red, pink, green, walls screeching in violets and blues, others whispering pastel hues or immaculate white inside and outside solid, exquisite, constructions, their perspectives look perfect towards the vanishing point which joins them in the horizon, with its checkerboard layout, withstanding several centuries and prowling among ancient temples covered in gold, witnesses of suns, of so many shadows…it is not strange, I was saying, that at one point some individuals, under the guise of an inspecting commission, had come to take pleasure in these lands and had declared it World Heritage.



Ríe la calavera Catrina y retumba por las calles su risa de muerte feliz. Amanece tibio y sereno, aquí, en el sur de la tierra azteca. Dos vecinas abren la puerta de sus hogares casi al unísono y salen con  sus  escobas  a  sacudir  la  mugre  que  ha  invadido  a  la  piedra  centenaria. Frente a ellas un hombre de traje gris despilfarrado, la nariz teñida con un rojo rimbombante, el tufo a mezcal, camina sin  rumbo,  haciendo  rombos,  desaparece  luego  de  intentar  una  conversación  con  el  farol  de  la  esquina.  Una  de  las  damas  sonríe  con  timidez,  la  otra  despliega  una  mueca  de  desaprobación,  la mueca de la que por esas fechas contempla siempre el mismo espectáculo, aquel que provee la resaca de una noche intensa de luna llena y cómplice con los vapores etílicos que han dialogado con almas festivas provenientes del más allá.

 Y es que ayer se festejó en todo México el Día de los Muertos, curiosa manera de celebrar a los difuntos con desfiles de muñecos gigantescos de tela, con flores, inciensos y calaveritas de azúcar que serán depositadas por los deudos en los altares, ofrendas a los seres queridos que ya no están. Esto no es nuevo, por supuesto, son fiestas que se vienen realizando, a principios de noviembre, desde la época precolombina. Novedoso es lo que sienten los turistas y los viajeros al ver cómo  poblaciones  enteras  ríen  y  bailan  con  uno  de  los  asuntos  más temidos por casi toda la humanidad. No es raro que entre estas calles salpicadas con muros vestidos de  rojo,  rosa,  verde,  de  paredes  que  chillan  violetas  y  azules,  de  otras  que  susurran  tonalidades  pasteles  o  blancos  inmaculados  dentro y fuera de construcciones sólidas, exquisitas, cuyas perspectivas  lucen  perfectas  hacia  el  punto  de  fuga  que  las  une  en  el horizonte, con su trazado en damero, cargando varios siglos y merodeando entre templos antiquísimos cubiertos de oro, testigos de soles, de tantas sombras...no es raro, decía, que en algún momento  algunos  individuos,  disfrazados  como  una  comisión  de  inspectores,  hayan  venido  a  complacerse  en  estas  tierras  y  la  hayan  declarado  Patrimonio  de  la  Humanidad.

 

 

Traducción al inglés (inédita): Cecilia Cartwright

Crónica(fragmento)*: Nicolás García Sáez

*De su libro ¨Cinco crónicas americanas y un viaje a la Luna

Tapa: M.Rimba / S. Camileri

Especial para Los Verdes Paralelos y Los Verdes Platónicos

 

martes, 5 de abril de 2022

Máscaras aureas y el disfraz en la piel

El soldado estaba mucho más cerca de lo que anticipé. Era alto. Los cuernos de su yelmo me rasgaron el estómago y me dejaron sin aire. No pude derribarlo, en un solo movimiento me lanzó al otro lado de la habitación y destrocé la mesa, donde  aterricé. Tenía puesta una armadura completa, su plateado metálico contrastaba con la oscuridad de la carnicería. Gruñendo, se agarró la cabeza con ambas manos y se acomodó su casco, adornado con dos cuernos dorados. Estaban cubiertos de sangre, mi sangre.

-Detesto a la plebe.

Su voz era calma, empezó a desenvainar su sable como quien saca la escoba para barrer la mugre. Mi padre me miró, no supe distinguir lo que había en su mirada. ¿Desaprobación? ¿Preocupación? Tenía mucho miedo, podía escuchar a los soldados afuera, preguntando qué estaba sucediendo. El hombre con el sable se preparaba para atacar a mi padre, que solo tenía su cuchillo para trocear carne. Me dolía la espalda, las astillas me estaban rasgando la piel. Me toqué el estómago, la sangre manaba lentamente de mi herida. Todavía tenía el facón en la mano, pero no paraba de temblar, solo podía observar. El soldado y mi padre estaban peleando, mi padre no lograba acercarse , el soldado tampoco lograba cortarlo. No podía quedarme quieta. ¿Tengo que llevarme a mi madre? ¿Debería ayudar a mi padre? Me paré, a duras penas, algo tenía que hacer. Un grito de mi padre me volvió a paralizar.

-ARGH!

Encerrado en una esquina, lo alcanzaron, el delantal en su pecho se desgarró de manera horizontal, pronto empezó a teñirse de rojo. Sin pensar comencé a correr hacia ellos, el crujir de la madera me delató. El soldado se dio vuelta y levantó su sable, mi padre lo tomó por la hoja, yo me acerqué con el cuchillo en mano.

-Suéltame, inmundicia...

El soldado me pateó en el pecho antes de que pudiera cortarlo, mi cabeza rebotó contra el suelo al caer. Sentí que mis pulmones se me saldrían por la boca. Mi padre se abalanzó sobre el soldado e hizo que perdiera el equilibrio. Cayó sobre él y empezaron a forcejar en el suelo. Mi padre intentaba mover su yelmo mientras el otro intentaba liberar su sable.

-!Maldición! ¡AYU…!-

El grito fue interrumpido por el sonido de un hombre ahogándose, Mi padre logró clavar su cuchilla en la mísera apertura de su garganta.

-Te queda grande el yelmo, Saanen.

Sus hombros se aflojaron y el brillo en sus ojos comenzó  a apagarse, estaba sangrando a borbotones. La puerta que daba afuera se abrió de una patada, el sol resaltaba las siluetas de una docena de soldados con acero en las manos. El que entró primero usaba dos espadas, tenía una máscara dorada con un rostro sonriente.

 (Continuará)

 

Texto (inédito): Mateo Roberto

Ilustración (inédita): Irupé Roch

Especial para Los Verdes Paralelos y Los Verdes Platónicos